crítica

Desliz

Desliz

Director

Gerd Schneider

Intérpretes

Sebastian Blomberg

Kai Schumann

Jan Messutat

Sandra Borgmann

Oskar Bökelmann

Sebastian Kowski

 

País

Alemania

Género

Drama

Por Juanma Linares


Jakob Völz es un sacerdote que trabaja en prisión, ayudando a pederastas y presos violentos, que ve tambalearse sus creencias y su sistema de valores cuando su amigo y colega es acusado de tocamientos por uno de los difíciles chicos de la parroquia en la cual ejerce. Primero, Jakob se acoge a la negación; luego llega la duda. Finalmente, la búsqueda obstinada de la verdad y la justicia.

Aunque la pederastia eclesiástica no es una temática nueva en el cine (desde "Las hermanas de la Magdalena" (2002), pasando por "La Duda" (2008) hasta la recientemente oscarizada "Spotlight" (2015), lo cierto es que "Desliz" (Verfehlung significa "pecado", "delito", "falta"), del debutante en el largometraje Gerd Schneider, es un aporte más que serio a dicho subgénero. Y lo es por varios motivos.

El primero de ellos es que, a diferencia de las anteriores  "Desliz" no toma el camino más fácil, sino el más arriesgado, al adoptar el punto de vista de un sacerdote, y en sentido más amplio, del trío formado por los tres sacerdotes amigos a quienes el escándalo que se desata convertirá en poco menos que enemigos. El film se esfuerza, obviamente, por reflejar el sufrimiento de las víctimas y sus familias (aunque aquí tampoco es totalmente complaciente, dejando interesantes reflexiones), y las dudas del protagonista. Pero también (y aquí lo más loable, pese a que sea incómodo) lidia con el tormento del propio pederasta e incluso las paradójicas razones del histórico y obstinado silencio corporativista de la iglesia. Y lo cierto es si nos quitamos los anteojos del prejuicio, podemos llegar a comprender (¿incluso a perdonar?). Y eso es mérito del film. O su pecado: todo depende de hasta donde estemos dispuesto a tolerar.

Otro motivo son unas interpretaciones a la altura del guión, sobre todo del trío de clérigos: Sebastian Blomberg lleva el peso de la función en la piel del atormentado Jakob. Le secundan con buenas maneras todo un elenco donde destacan sus dos amigos: Kai Schumann en el papel del supuesto pederasta y Jan Massutat como el dique de contención del escándalo. También merecen mención los padres de las presuntas víctimas.

Sin grandes giros de guión y una puesta en escena académica y correcta, la importancia de "Desliz" proviene de cómo agarra un conflicto consabido y lo retuerce durante una hora y media, explorando con calma todos sus ángulos y poniendo sobre la mesa grandes cuestiones como la amistad, la rectitud, la conciencia o la justicia, como hacia esa gran film que es "Nader y Simin. Una separación". Por cómo coloca a Jakob frente a la doble encrucijada de tirar o no por la borda, en su búsqueda de la verdad y la justicia, todo el capital ético y moral y el trabajo, global y local, de una institución como la iglesia y a la vez, los lazos de una fuerte amistad. Se diría que Gerd Schneider, autor también del guión, demuestra un cierto respeto hacia la iglesia. No sorprende comprobar que había estudiado para sacerdote antes de decidirse por el cine, ni que firmase hace tres años el cortometraje 'Der diener' ('El siervo') que también trataba un dilema moral en clave eclesiástica. 

De este respeto, de este conocimiento desde detro provenga quizá una equidistancia admirable (o deleznable para aquellos que no toleren dicha equidistancia en ciertos asuntos). "Desliz" no sermonea desde un púlpito de autoridad moral ni es maniquea. Es un sobrio estudio (en cierto modo, muy alemán) de un gran dilema moral sin salidas fáciles, que seguramente repelerá a fanáticos intolerantes anticlericales. Por que Schneider busca a un espectador maduro abierto a razones, al que interroga continuamente por sus propios valores, y le insta a tomar sus propias decisiones, independientemente de las del protagonista.

El desenlace también recuerda la obra maestra de Asghar Farhadi, aunque es, en opinión de este crítico, innecesariamente explícito. Tras esa intensa mirada a cámara de Jakob, que parece interrogarnos sobre nuestra propia resolución, no hacía falta nada más para cerrar un film más que recomendable.   

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