Superlópez

Javier Ruiz Caldera 2018 España

"Cutrepatria" querida

Uno de los distintivos nacionales en todos los ámbitos, desde el contenido de las obras artísticas hasta incluso la elección de los títulos de varios programas radiofónicos y televisivos, son las constantes referencias, parodias, imitaciones y homenajes a obras preexistentes que han conseguido popularidad. Se trata de un fenómeno habitual, más por la comodidad de establecer rápidas complicidades con el receptor que por un complejo de inferioridad paralizante hacia la creación genuina de referentes propios. Ahora llega el momento de sumarse al prolongado, intenso y agotador bombardeo de cine de superhéroes procedente del norte del continente americano, que nos azota desde hace más de una década. La probable nueva franquicia es de estirpe española y está protagonizada por un modesto y gris contable, una tapadera que oculta su condición de alienígena con superpoderes.

Superlópez fue creado en 1973 por el dibujante de cómics Juan López Fernández “Jan”, al recibir el encargo de elaborar una serie de historietas breves parodiando a Superman, con el propósito de incluirlas en una colección que satirizaba personajes célebres de la ficción universal. Tras pasar por varias etapas en distintas editoriales y formatos, el personaje se acabó popularizando y entró de lleno en la tierna infancia de Javier Ruiz Caldera. Siendo un ávido devorador de cómics y especialmente admirador del personaje de Jan, el realizador no dudó en aprovechar la oportunidad de adaptar su obra al cine tras un extenso periodo durante el cual el proyecto pasó de mano en mano, hasta el punto de anunciarse en 2013 que sería protagonizado por José Mota bajo la dirección de Álex de la Iglesia. Y es que además, como dato curioso, Jan es villadecaniense, de la localidad leonesa de Villadecanes; mientras que Ruiz Caldera es viladecanense, de la localidad barcelonesa de Viladecans. Fruto de la casualidad o tal vez del destino, lo cierto es que el realizador siempre había soñado con llevar este personaje a la gran pantalla, aprovechándose de su talento natural para la comedia y de sus influencias procedentes del mundo del cómic, ya demostradas copiosamente en su multipremiado cortometraje “Treitum”. De hecho, actualmente es uno de los cineastas nacionales más prolíficos dentro del género cómico, siendo éste su quinto largometraje en menos de una década, tras "Spanish Movie", "Promoción fantasma", "Tres bodas de más" y "Anacleto: Agente secreto", su anterior adaptación de otro popular personaje del tebeo patrio.

En esta ocasión, Ruiz Caldera ha contado con un guion escrito por el tándem formado por Borja Cobeaga y Diego San José, autores de un buen puñado de exitosas comedias españolas de los últimos tiempos, como las dos entregas de "Ocho apellidos" y la mayor parte de las películas dirigidas por el primero, como "Pagafantas" o "Fe de etarras". Para materializar la adaptación y dotarla de una estructura narrativa que permitiera presentar el personaje desde sus orígenes, optaron por convertirla en una película iniciática de superhéroes, que termina donde empiezan los cómics de Jan, acopiándose no de una antología de sus historietas, sino de la esencia que caracteriza a su creación, focalizada sobre todo en ironizar acerca de temas populares así como de la rutina diaria del ciudadano medio.

Y es que en el humor cáustico de la obra de Jan suele estar presente un punzante trasfondo político y social sazonado con referencias culturales a distintas áreas del conocimiento, cosa que confiere a su obra una refrescante complejidad intelectual con distintas capas de lectura. Su adaptación cinematográfica, por lo contrario, se despoja de esa característica distintiva para elaborar un producto más llano y directo, amortiguando su mordacidad con el deseo de confeccionar un producto de mero entretenimiento familiar. Aun así, no renuncia a sacar punta a algunas de las características más propias de la nación, como las envidias que despiertan aquellos que destacan por encima de la media. En boca del padre adoptivo del protagonista, si uno quiere ser feliz en este país, hay que ser mediocre, porque clavo que sobresale pide martillo. Sin duda, la sabiduría de este proverbio japonés se ajusta como un guante a la idiosincrasia española, así como en el ejercicio de ácida autocrítica derivada de la confluencia de la visión de todos sus autores: creador, guionistas y director.

Bajo esa tesitura, tampoco desperdician la ocasión de parodiar a esa España pretérita y trasnochada de las figuras militares, y pese a burlarse de las deficiencias congénitas de este país disfuncional, donde los insultos sirven para dar fuerzas al héroe en los momentos más críticos, no evitan un cierto componente de orgullo patrio que recorre todo su trasfondo, por lo que esa caricatura resulta amable, blanca e inofensiva, alejada de cualquier atisbo de acritud. Del mismo modo, sus escasos ingredientes de corte social son tratados con extrema lividez para rehuir cualquier polémica, como los atisbos de acoso sexual en el trabajo o la colonización tecnológica por parte de empresas omnipresentes, unas entidades que operan como un gran hermano invasivo y vigilante con el beneplácito de todo el mundo. Y ni siquiera se plantea profundizar en los espinosos temas de los perjuicios derivados de la clonación y la cibernética, ambos de gran actualidad, que están presentes a lo largo del metraje. No es su propósito, ni tampoco su función. Su discurso está mucho más centrado en contrapuntar el aspecto aventurero del aprendiz de superhéroe con un sinfín de gags de corte costumbrista, evidenciando además las interferencias que ello provoca en su potencial vida amorosa. Es precisamente en esa trama romántica donde la película luce con más brillantez, en especial por la compenetración de la pareja protagonista y la apabullante versatilidad de Alexandra Jiménez, capaz de aportarle a su personaje un matiz barriobajero, ofreciendo un "toma y daca" que remite a la más deliciosa "screwball comedy" de corte clásico, con las disrupciones alienígenas como motor de conflicto.

Para contar los inicios del inexperto superhéroe, sus responsables han optado por hacer lo mismo que Jan y acudir a la fuente original como modelo a parodiar. La víctima en este caso es la versión que Richard Donner estrenó en 1978 con Christopher Reeve de protagonista, de la que se nutren para hilvanar un arco argumental que enlaza los orígenes del bigotudo con la trama de su antagonista. Así, la versión paródica del superhéroe es creada genéticamente por su padre, a modo de arma definitiva para derrotar al imperio que ha sometido a su planeta. Antes de que el tiránico dictador pueda apropiarse de él para sus fines, sus padres lo mandan a la Tierra para que crezca a salvo y pueda regresar algún día para liberar el planeta de su régimen. Perseguido por la hija del tirano, sus rutas se separan cuando la cápsula del bebé, dirigida hacia los Estados Unidos, se desvía tras colisionar contra uno de los satélites de telecomunicaciones de la red Hispasat, motivo por el cual acaba cayendo en una zona campestre de Lérida. Allí es encontrado por el propietario de un taller mecánico y su esposa, que deciden hacerse cargo de él. A medida que pasan los años y sufre las trastadas de sus compañeros de clase por ser distinto, su padre adoptivo lo alienta a abrazar la mediocridad y a ocultar sus poderes para que pueda ser feliz pasando inadvertido. Treinta años después de su aterrizaje, convertido en un humilde contable de una empresa de Barcelona, se ve impulsado a usar sus poderes para evitar que un metro descontrolado provoque una catástrofe. Es entonces cuando es detectado por su perseguidora, que durante todos esos años ha levantado un imperio tecnológico plagando el globo de aparatos con capacidad de vigilancia con el objetivo de encontrarlo. A partir de entonces, el acecho de la hija del dictador y el descubrimiento de sus auténticos orígenes, así como el reencuentro con su amor de juventud, llevan su vida a las antípodas de su tan buscada medianía.

Las referencias de la película no se limitan al "Superman" de Donner; se pueden identificar múltiples y dispares guiños a la saga "Star Wars", a los créditos planetarios de las recientes "Star Trek", al muro de ladrillos imaginario para evitar que los niños de "El pueblo de los malditos" lean la mente, a la secuencia del TGV en la primera "Misión imposible" e incluso al rol que Lisa Marie desempeñaba en "Mars Attacks!", rematado con apuntes de "Jamón, jamón". Asimismo, las dificultades que sufre el novato superhéroe para controlar el vuelo también tienen un referente claro: los inicios de esa entrañable serie de culto ochentera llamada "El gran héroe americano". E incluso encuentra espacio para recrear el vídeo viral grabado en 2012 en la Plaza del Sol de Madrid, con esa hilarante pelea entre Bob Esponja y Hello Kitty, continente de tantas connotaciones implícitas que se erige como uno de los testimonios audiovisuales más elocuentes del estado anímico de la sociedad española por aquel entonces.

La cámara de Ruiz Caldera sabe bien cómo moverse en esta historia ambientada en Barcelona, transformando la Torre Glòries en la sede local de la multinacional de la villana, una forma ideada por Jean Nouvel utilizada aquí como emblema de las edificaciones vinculadas a la dictadura alienígena. Habiéndose formado y ejercido también como editor en otros proyectos, su control del lenguaje cinematográfico es sólido y sabe definir y mantener los espacios durante las secuencias de acción, apoyado por su estrecho colaborador en el montaje Alberto de Toro, que consigue un ritmo ágil y una naturalidad transparente en la fluidez narrativa. A pesar de todo, el lubricado engranaje que dinamiza la mayor parte del filme embarranca en su tramo final, cuando el desarrollo del argumento y la vívida interacción de personajes son sustituidos por un alargado y rutinario clímax, un enfrentamiento que pone en marcha un sinfín de peripecias desganadas. Presa de su propia estructura expositiva, toda la película se dirige hacia un desenlace de este tipo, pero la poca entidad de la antagonista, así como el sinsentido de sus motivaciones, hunden una resolución que deviene un puro trámite y que hace parecer la película peor de lo que en realidad es.

Rodada con lentes anamórficas para conseguir una sensación más cercana a la estética de las cámaras analógicas, con la merma de detalle, la inferior profundidad de campo y las aberraciones ópticas que conlleva, el director de fotografía Arnau Valls Colomer, otro estrecho colaborador del realizador desde sus inicios, usa un despliegue de alegres colores de gominolas. Todo tipo de tonalidades de azul se manifiestan en la mayor parte de las imágenes, junto a sus complementarios amarillos, anaranjados y rojos en un equilibrio cromático goloso y placentero, estrechamente conchabado con el diseño de producción, obra del experimentado Balter Gallart. Detallado y nutrido, erige vivaces y recargados decorados en los que incluye distintos guiños a los cómics, incorporando elementos tales como los petisos, esos monigotes amarillos producidos por la energía del personaje y que el autor dibuja en algunas de sus viñetas inspirándose en el concepto de las secreciones ectoplasmáticas, presuntamente producidas por los médiums en estado de trance durante ciertas sesiones espiritistas. En cuanto a sus efectos visuales, algunos como la sensación de velocidad del personaje son más convincentes que otros, dejando en evidencia el eterno problema de no tener una buena simulación de efectos de gravedad en los elementos infográficos. Aun así, por más que casi siempre acaban resultando postizos, en esta ocasión juegan a favor como valor añadido a un slapstick estrafalario, potenciando la torpeza misma del personaje.

Por su parte, el compositor getxotarra Fernando Velázquez, habitual colaborador de Koldo Serra y Juan Antonio Bayona, usa todo su poder orquestal para lograr la épica necesaria, creando una banda sonora que homenajea el tema del "Superman" de John Williams, al reforzar los momentos dramáticos con un majestuoso ejército de vientos y cuerdas, apoyando así la intriga, la amenaza de peligro, los triunfos y las derrotas del héroe. Cuenta además para los créditos finales, no exentos de secuencias extra, con el animado tema "Yo quería ser normal", la primera canción nueva, tras casi cuatro décadas, del grupo Tequila, disuelto en 1982. De hecho, se reúnen para la ocasión los dos integrantes argentinos del grupo original, aprovechando su gira de tributo y despedida definitiva de los escenarios.

En resumen, se trata de una entretenida y honesta comedia ligera, que mezcla la aventura, la fantasía y la ciencia-ficción con apuntes románticos en permanente conflicto, y cuyo tema orbita esencialmente alrededor de la necesidad de encajar en la sociedad y recibir el aprecio de los demás. La cercanía de su personaje, así como su mantenido control de tono pese a un tambaleante tramo final y a algunos aspectos excesivamente irracionales de su planteamiento argumental, lo convierten en un agradable pasatiempo para todos los públicos, convenientemente liberado de pretensiones más solemnes que enturbiarían su simpatía. Además, tiene como valor añadido el potencial de conseguir acercar la obra de Jan a las nuevas generaciones, que no es poco.

Francesc Talavera Cugueró