Milla 22

Peter Berg 2018 EEUU

Paramilitares, espías y caos visual

El hiperactivo realizador, productor y actor neoyorquino Peter Berg prosigue su asociación con el también actor y productor Mark Wahlberg, pues esta en su cuarta colaboración juntos tras “El único superviviente”, “Marea negra” y “Día de patriotas”. Aquí llevando por primera vez a la pantalla una historia que no está inspirada en hechos reales, aunque sí fabula con unas estructuras militares gubernamentales de operaciones encubiertas existentes y secretamente operativas. Partiendo de una idea instigadora del propio Berg, el guion fue desarrollado por la debutante Lea Carpenter, novelista y experimentada editora literaria, a partir de un argumento concebido por ella misma junto a Graham Roland, productor y escritor de populares series televisivas como “Perdidos” o “Fringe (Al límite)” y cocreador de “Jack Ryan”.

Su historia se centra en un grupo paramilitar de élite vinculado a la CIA, que lleva a cabo expeditivas misiones secretas que su gobierno no puede autorizar oficialmente. Tiempo después de una operación en un piso franco contra un grupo de agentes rusos, el equipo se desplaza hasta la embajada norteamericana de un país ficticio del sureste asiático, donde trata de encontrar desesperadamente unas partidas robadas de cesio 139, un isótopo altamente radiactivo que supone una seria amenaza en cuanto a posibles ataques terroristas. Un misterioso policía local, fuente de información fehaciente hasta entonces, irrumpe en la embajada solicitando asilo y pide que lo saquen inmediatamente del país. A cambio de ello, y sólo cuando se encuentre ante el avión, revelará el código para acceder a un disco duro donde ha encriptado la localización exacta de las remesas de la sustancia. Pero el disco está programado para autodestruirse en un breve lapso de tiempo, y el equipo deberá proteger al individuo de los feroces ataques de las fuerzas gubernamentales asiáticas, en un recorrido contrarreloj de treinta y cinco kilómetros, o veintidós millas, que es lo que separa la embajada de la pista de despegue. Mientras tanto, las autoridades rusas vigilan todos sus movimientos con enigmáticas intenciones.

Con este drama de acción hipertecnificado y ultraviolento, Berg reincide, como ha llevado haciendo en buena parte de su filmografía como director, en centrar su foco de atención hacia personajes capaces de profesionalizarse en oficios vinculados al uso de la violencia extrema, todo ello en nombre de una forma más elevada de patriotismo, flirteando incluso con el jingoísmo. Aunque asegura desmarcarse de cualquier intención de glorificar la violencia, Berg demuestra una evidente fascinación hacia ese perfil de individuos que sienten una inusual atracción hacia el belicismo, y se interesa en intentar mostrar cómo la decisión de dedicarse profesionalmente a tales fines revierte en una imposibilidad sistémica de llevar en paralelo una vida personal y familiar normalizada. Pero su empeño en ahondar en ese aspecto queda reflejado de forma tan trivial y esquematizada que, en vez de añadir riqueza a la historia, esos fragmentos devienen forzados y superfluos e interfieren más que ayudan en el flujo narrativo.

De ese modo, los problemas personales de una de las integrantes del equipo orbitan alrededor de la imposibilidad de pasar tiempo con su hija, que se suma a su impotencia ante la irremediable suplantación como madre por parte de la nueva pareja de su ex, papel que se reserva el propio Berg a través de agrias confrontaciones por videoconferencia. Pero el tratamiento de ese conflicto es tan burdo, desgastado y previsible que fracasa en su desesperada búsqueda de empatía y de profundización dramática del personaje. Lo mismo ocurre con la frustrada celebración del cumpleaños de otra miembro del equipo, así como los presuntos toques de humor vinculados a la resolución de los asuntos rutinarios propios de la actividad profesional del grupo, como cuando el protagonista atiende en el despacho de la embajada a una mujer local que intenta evitar que el gobierno norteamericano confisque sus bienes y liquide sus cuentas multimillonarias. Él la acaba derivando hacia el embajador francés haciéndose pasar por Steve Bannon, el exestratega ultraderechista de Donald Trump, cuya letanía febril y explosiva sirvió en realidad de inspiración para su personaje, que se pasa buena parte de la película vomitando información aleatoria sobre temas dispares y vociferando de forma irada datos cultos a gran velocidad, dejando aún más remarcada su elevada capacidad intelectual.

Tres veces divorciado, el protagonista ocupa su tiempo de ocio montando puzles completamente blancos. Su historial se facilita en rápidas ráfagas durante el ‘montage’ de los créditos iniciales, que suministra información no sólo sobre su carrera militar y sus condecoraciones, sino también sobre su mente inusualmente activa ya desde niño, la pérdida de su familia a los once años en un accidente de coche, su propensión a la violencia y sus problemas para gestionar su ira, paliadas por el uso de una goma amarilla en su muñeca derecha que tira y suelta como mecanismo para liberar tensión y mantener su furia bajo control. Esa fijación para caracterizar el personaje insistiendo en un tic físico muy concreto se traslada también en su alter ego asiático, que se repasa repetidamente con el pulgar las falanges de los dedos de la mano como método de relajación.

Aunque ambientada en Asia, el rodaje tuvo lugar principalmente en Bogotá, que acogió en sus ya de por sí castigadas calles un gran despliegue de equipos especialistas, controlando aparatosas deflagraciones y un buen surtido de piezas armamentísticas reales cargadas con balas de fogueo. Gracias a esa apuesta por potenciar los efectos visuales al natural en detrimento de la creación digital de los mismos, la película consigue una impactante fisicidad a la vieja usanza, complementada por un diseño de sonido que logra transmitir sensaciones de peligro físico, dotando de amenazantes texturas metálicas los sucesivos intercambios de tiros y explosiones envolventes.

Desde que vio la espectacular película indonésica “The Raid”, Berg quiso trabajar con su protagonista, el yakartés Iko Uwais, que fue campeón nacional de silat y coautor de las asombrosas coreografías de lucha que tanto lucían también en “Headshot” y “The Night Comes for Us”, todo ello gracias a una planificación focalizada en mostrar sus proezas físicas sin muchos cortes de montaje. Dándole el papel del policía con información sensible al que su gobierno quiere eliminar, Berg disponía de una oportunidad inestimable para conseguir memorables secuencias de acción. Pero el uso aturdidor que hace de la cámara en mano, así como un montaje exageradamente picado a la hora de editar ese material, lo reducen a un tosco y confuso ensamblaje de planos fugaces saltando ejes sin orden ni concierto, un batiburrillo incomprensible que parece querer sabotear y deslucir la elaborada labor coreográfica de su suntuoso equipo de expertos.

Y es que su montaje hiperfragmentado, incluso en las secuencias dialogadas, parece obsesionarse con la necesidad de un bombardeo constante de estímulos, aunque sea en detrimento de la inteligibilidad de sus efímeras imágenes o del desarrollo de su argumento. El uso que hace de los montajes paralelos para narrar la historia es constante, y se añaden durante todo el metraje breves fragmentos de un informe oral que el protagonista presenta sobre los hechos acontecidos, situando toda la historia en un tiempo diegético ya acaecido. Pero sus intervenciones no tienen por finalidad dilucidar los aspectos más embrollados de la trama, sino más bien aportar coloridos comentarios sobre conceptos como la colusión, los artificios políticos, la gestión del poder y el autoengaño, así como la necesidad de una tercera opción cuando la diplomacia y el ejército se muestran ineficientes ante el surgimiento de un conflicto que hay que resolver a cualquier precio.

Su ideología, pues, queda bastante clara, y su componente amoral oculta una historia de venganza dentro de un argumento que se asemeja a un western hipermodernizado, con el imprescindible apoyo telemático de un equipo de control sobre las operaciones de campo. Esa unidad lleva siempre consigo varios títeres de cabezas bamboleantes de distintos presidentes estadounidenses, y el plano conjunto que une las figuras de los muñecos de Barack Obama y de Donald Trump tiene en sí mismo un trasfondo ético, político y metafórico con implicaciones a tantos niveles que resulta sencillamente aterrador.

Confusa, ruidosa, con diálogos tremebundos, situaciones tópicas, algunos personajes caricaturescos, un montaje atropellado y una ideología derechista, tiene cierta atracción en sus impactantes efectos pirotécnicos, aunque remata sus defectos con una insatisfactoria pirueta argumental que deriva en un final abierto, todo ello con el propósito de iniciar una saga que prolongue sus tentáculos tanto en el cine como en la televisión. A cargar armas, pues.

Francesc Talavera Cugueró