Matar o morir (Peppermint)

Pierre Morel 2018 EEUU

Justicia como panes

Tras iniciarse en el mundo del cine como parte del equipo de cámara, llegando a asumir la dirección de fotografía en varios proyectos, el galo Pierre Morel se pasó a la dirección en 2004 bajo la protección del omnipresente Luc Besson, quien también fue coautor del guion de su debut. “Peppermint” es el quinto largometraje de Morel, a la vez que es también su quinto thriller de acción tras “Distrito 13”, “Desde París con amor”, “Caza al asesino” y “Venganza”, su segunda película y su mayor éxito hasta la fecha.

Cómodo en este género, Morel traslada en imágenes el primer largometraje escrito en solitario por Chad St. John, que previamente había formado parte del equipo de guionistas de “Objetivo: Londres”, secuela de “Objetivo: La Casa Blanca”. En “Peppermint” cuenta la historia de una oficinista de un banco de Los Ángeles, una mujer normal y corriente que atestigua como unos narcotraficantes mexicanos acribillan a su marido y a su hija el día que celebraban el décimo cumpleaños de ésta. Cuando el sistema legal le da la espalda y rehúsa ajusticiar a los responsables, la mujer desaparece durante media década para volver reconvertida en una letal guerrillera, dispuesta a terminar con los delincuentes y también con el sistema corrupto que los protege. Dos detectives de policía y una avispada agente federal intentan dar con ella para frenar el rastro de cadáveres que va dejando a su paso, mientras se hace cada vez más evidente que alguien perteneciente al cuerpo es un confidente de los narcotraficantes.

Con ese argumento tan descabellado, los responsables recurren a una estereotipación de tal calibre que la banda de malhechores parece sacada de un videojuego rudimentario de imitación tipológica. Así, el jefe de la pandilla es un católico practicante que tiene una mansión-fortaleza en lo alto de una colina aparentemente inexpugnable, custodiada por un sinfín de peones a su servicio armados hasta los dientes. Todos ellos mexicanos, cómo no, y sirviéndose nada menos que de una tienda de piñatas como tapadera para sus auténticos negocios mafiosos. Por su parte, además de cercarlos y masacrarlos, que no es poco, la justiciera saca tiempo incluso para molestarse en amenazar a un mal padre alcoholizado para que cuide mejor de su negligido hijo preadolescente.

Elegir grupos étnicos específicos para representar a los maleantes no parece la mejor de las ideas, ya que levanta inevitables y fundadas suspicacias, por mucho espíritu pulp que quiera destilar. Y menos aún cuando asimismo intenta elaborar en paralelo una denuncia relacionada con la lucha de clases y los estragos provocados por un sistema social, económico y político inmoral y en descomposición, que ha dejado de proteger a los ciudadanos y permite que se acumulen en las calles como vagabundos sin hogar.

La propia protagonista encarna la representación de esa sufrida clase trabajadora, que se ve convertida en el saco de los golpes de una sociedad despótica, injusta y abusona. La dificultad de vivir desahogadamente, pese a las largas jornadas de trabajo a las que se someten tanto ella como su marido, llevan a éste a plantearse la posibilidad de participar en el plan de su amigo para robar a los narcotraficantes, cosa que desata toda la sucesión de acontecimientos. A causa de esas mismas dificultades económicas, la mujer es desahuciada tras pasar un mes en coma como consecuencia de tan trágico suceso. Y a su vuelta se instala en Skid Row, el barrio de Los Ángeles con mayor población estable de personas sintecho de los Estados Unidos, un suburbio lleno de tiendas de campaña donde malviven los ciudadanos más castigados por el sistema. Allí la mujer se gana el respeto de todos ellos en sólo tres meses, hasta el punto de ser representada como un belicoso ángel protector en un mural callejero.

Aparentemente, antes de todo eso, era también necesario explicitar el despotismo de un jefe que la obliga a trabajar hasta tarde el día del cumpleaños de su hija. E incluso la crueldad de la madre de una compañera de su clase, rica y malísima, que organiza una fiesta paralela para robarle los invitados, todo ello como represalia por haber aparcado el coche en una plaza reservada a los campeones de ventas de galletas navideñas de las Girl Scouts. Todo muy adulto y racional.

Y es que su articulación dramática es esquemática, torpe e infantil, y por mucho que Morel insiste en que su heroína no se mueve por venganza sino por el ansia de lograr hacer justicia, nos entrega este amoral, agresivo y mugriento thriller de acción vindicativa, de plausibilidad dudosa, sin sutilezas, escabroso y desastrado, plagado de clichés, populista y racialmente insensible, donde una justiciera blanca asesina impunemente un sinfín de terroríficos y despiadados delincuentes latinos y funcionarios presuntamente corruptos, a la vez que se convierte en un ángel guardián para los más desfavorecidos y en una heroína para las clases populares, gracias a los medios de comunicación.

Son mensajes por lo menos inquietantes, y cualquiera que quiera profundizar en el debate sobre la conveniencia de su inclusión en estos tipos de productos puede acabar concluyendo acerca de la inconveniencia de los productos mismos, en su totalidad. En cualquier caso, existen y deben seguir existiendo, y su propósito último de proporcionar un rato de evasión adrenalínica debería tener más peso, ya que resulta imposible desposeer cualquier forma de expresión artística de su indisociable contenido ideológico, sea del color que sea.

Como contrapartida, el auge del empoderamiento femenino se asoma en la raíz de esta revisión del género justiciero, tan en boga durante los años setenta y ochenta, aunque en aquella época ya existían ejemplos de aguerridas damas luchando contra las injusticias perpetradas por un sistema corrupto y decadente. Esas mujeres sobresalían especialmente dentro del ámbito rebelde de la blacksploitation, siendo Pam Grier la irreductible heroína abanderada por excelencia en varios títulos setenteros tales como “Coffy” o “Foxy Brown”. En “Peppermint” es Jennifer Garner quien asume la labor de impartir justicia mediante un papel con importantes dosis de acción física, como también tenía en “Alias”, la serie que la lanzó a la fama, y en la infausta “Elektra”, que casi se la quita. Pese a su sobrada experiencia en este tipo de producciones, tuvo que entrenar varios meses para lograr su puesta a punto e interiorizar las inventivas y orgánicas coreografías de lucha diseñadas por Stephen Oyoung.

Sus secuencias de acción son sorprendentemente rápidas, escuetas, resolutivas y brutales, sin ahorrar detalles gore, rodadas con esmero y editadas con un mínimo sentido de la geografía espacial. Su leitmotiv visual, presente también en los créditos iniciales y en los finales previos al roll, son los destellos visuales que recrean los procesos mentales de la protagonista, ya sea para intensificar el recuerdo de su desgracia, potenciar los instantes dramáticos o representar sus pensamientos a la hora de atar cabos. Para lograrlos, el director de fotografía David Lanzenberg se equipó con una cámara sencilla de 35mm, como las que se usaban en los inicios del cine, e iba rodando con ella determinados momentos de la acción. Manejándola con una manivela que le permitía rebobinar el negativo para volver a exponerlo, obtuvo esas características superposiciones, veladuras y fluctuaciones dispares en la velocidad de las imágenes, logrando así unas texturas singulares y una sensación más vívida y orgánica que la que hubiera conseguido usando efectos de postproducción digital.

Sus paisajes urbanos nocturnos, con las calles humedecidas para aprovechar el estético reflejo de la luz en su superficie, están llenos de tonalidades sucias azul verdosas que dotan sus imágenes de un aspecto retromoderno, áspero y decadente, pero curiosamente pocos atisbos hay de la época navideña en la que supuestamente transcurre su acción. Tratándose de un recurso visual goloso por su permisivo despliegue de atractivas luces de colores, su escasez apunta a una decisión meditada para no perder la hosquedad de sus imágenes, a la vez que para no relacionar en demasía su brutal despliegue de violencia con ese período de recogimiento familiar y religioso. La decisión de ubicar la narración justamente en esa época para luego encubrirla no deja de resultar paradójico, aunque en la mente de sus creadores resulta útil para potenciar el dramatismo de la pérdida de los seres queridos del personaje. Y también para dar pie al título de la película, ya que no sólo es una referencia al sabor del helado que su hija pide pocos minutos antes de morir acribillada, sino también a las galletas navideñas de chocolate y menta que dos niños desahuciados regalan a su ángel protector al inicio de la película, activando sus recuerdos de cuando las vendía con su hija y dando pie al flashback que vertebra parte de la película.

Narrativamente hay un aspecto positivo en este thriller, por lo demás descalabrado: muchos aspectos de la historia se encuentran sabiamente elididos, como el robo que la protagonista perpetra en el banco donde trabajaba justo antes de desaparecer. O los detalles de su periplo de cinco años, de los cuales sólo se conoce que estuvo en un hospital de Hong Kong con varias fracturas, y más adelante compitiendo en torneos clandestinos de kickboxing en algún lugar de Europa. E incluso se ahorra mostrar algunos de los asesinatos que comete a su regreso durante su razzia, como el de los abogados que contribuyeron a que quedasen libres los asesinos de su familia. Todo ello fomenta una dinámica narrativa ágil y persuasiva, sazonada con una banda sonora de corte electrónico que prioriza los ambientes a la melodía, así como un diseño de sonido que la abraza para crear eficientes efectos dramáticos con los demás elementos del conjunto.

Por otro lado, su esquematismo argumental, sus diálogos artificiosos y su estereotipación de personajes hasta el extremo de la caricatura se ven incluso superados por el uso de la sobredramatización, involuntariamente cómica, cosa que parece inaudita en un tipo de producto con similar planteamiento. En ese sentido, se presenta incomprensiblemente inconsciente de que las secuencias melodramáticas alargadas en cámara lenta han pasado, desde hace ya bastante tiempo, a formar parte de la artillería formal con las que se abonan los terrenos de las parodias. Nada más lejos de su intención, cosa que hubiera podido redimirla en parte. Pero no, todo es grave y afectado, tremebundo y doliente, un producto tan desternillantemente serio que se convierte en carnaza para ser disfrutado a contrapelo.

Francesc Talavera Cugueró