Madame Hyde

Serge Bozon 2017 Francia / Bélgica

Conocimiento incandescente

El crítico provenzal Serge Bozon, reconvertido desde hace años en actor y cineasta, coescribe y dirige esta comedia de contornos fantásticos inspirada en la célebre novela breve del escocés Robert Louis Stevenson publicada en 1886. Pero mientras en la obra original la dualidad del protagonista bascula entre los conceptos del bien y del mal, esta relectura contemporánea explora la capacidad o incapacidad de los educadores para transmitir a sus alumnos las virtudes de la iluminación a través del conocimiento y del pensamiento deductivo.

En su quinto largometraje como director, Bozon vuelve a colaborar con su inseparable guionista Axelle Ropert, a su vez también actriz y directora, desarrollando una idea original de ésta para transformar el célebre doctor Jekyll en Madame Géquil, una profesora de física de un instituto público de los suburbios parisinos incapaz de conseguir el respeto de sus alumnos ni tampoco de sus colegas de profesión. Frágil, tímida, inadaptada, ridiculizada por todos y con su actividad profesional amenazada ante la inminente evaluación de un inspector educativo, vive a la sombra de su propio fracaso hasta que una descarga eléctrica accidental en su laboratorio desencadena una sutil, progresiva e imparable mejora de sus habilidades para despertar el interés de sus alumnos hacia el aprendizaje. Pero su triunfo tiene también su lado oscuro, o en este caso deslumbrantemente eléctrico, y por la noche se convierte en un mortífero ser ígneo capaz de carbonizarlo todo con su roce.

Su dispar mezcla de géneros incluye la comedia, la tragedia, el fantástico flirteando con el terror, la crítica social e incluso fragmentos musicales obsequiados por esos chicos de condición humilde que por las noches rapean en contra de un sistema escolar al que no ven como una solución real a sus problemas cotidianos. Y se reúnen para expresar así su rabia existencial en los espacios públicos de una barriada llamada “Cité des 2000”, una referencia al suburbio de viviendas de hábitat social “Cité des 4000” que se construyó en las afueras del norte de París a partir de 1956 para albergar aquellos ciudadanos procedentes de la inmigración africana y de las clases sociales más desfavorecidas sin posibilidades de residir en el centro de la capital.

Ese parque en horas nocturnas se conceptualiza como la antítesis de todo aquello que persigue la enseñanza, un lugar donde se reúnen los que rechazan la ilustración como forma de enriquecimiento personal, a pesar de ser al mismo tiempo un sitio de expresión artística libre de cualquier tipo de censura. Y es ahí donde la profesora, intentando alejar a su alumno más problemático del peligro de abandono escolar, genera una de las secuencias clave de la película, focalizada en las llaves del laboratorio como símbolo de un conocimiento capaz de abrasar a aquellos que no están dispuestos a absorberlo.

Esa misma ambivalencia, capaz de sonsacar aspectos tanto positivos como negativos de lugares y situaciones, se trabaja también en los personajes, que son desarrollados siguiendo el esquema que plantea el concepto central de la novela de Stevenson. Así, todos ellos tienen su propia parte oscura, y su comportamiento varía en función de su estado anímico en cada situación. Uno de los más extremos se encuentra en el director del instituto, un personaje excéntrico y caricaturesco con habilidades sinestésicas capaz tanto de mostrarse comprensivo y servicial con sus colegas como de proclamar los más innecesarios comentarios lacerantes hacia su entorno.

Todos los personajes sacan su crueldad en un momento u otro para luego mostrarse afables, guasones, irados, livianos, taciturnos o introspectivos. Su complejidad es construida mediante estados de ánimo de raíces inciertas que sugieren un recorrido vital mucho mayor fuera de los pequeños fragmentos que se muestran de sus vidas.

Dibujando el marido de la protagonista como un extrabajador reconvertido en un dedicado amo de casa aficionado al piano y entusiasta cocinero de manjares con los que ella alimenta a escondidas los perros de la vecina, Bozon revisita dos temas que no le son ajenos en su filmografía: la alteración de los clásicos roles de género y la exploración del concepto de la toma de poder femenina. Mientras él le da resabidos consejos sobre cómo debería comportarse para ganarse el respeto de sus alumnos, ella intenta hacer lo mismo con su inexperto aprendiz de profesor a la vez que trata de despertar el interés intelectual de un estudiante de origen árabe al que ve tan inadaptado como ella misma por su discapacidad en las piernas.

Sus conflictivos alumnos son, por lo general, adolescentes desaventajados de clase humilde, muchos de ellos inmigrantes, mediante los cuales se vehicula una alusión hacia los problemas sociales presentes dentro del sistema educativo galo, contra el que la profesora se rebela en cierto momento reclamando el derecho de los alumnos de perfil técnico a tener un proyecto conjunto anual como el resto de los estudiantes de otras disciplinas formativas. Con todo ello, la película aborda una problemática muy real desde una aproximación alejada del realismo e intencionalmente estrambótica.

Rodada en 35mm por la directora de fotografía Céline Bozon, que es hermana del director y que, como la mayor parte del equipo, lo ha acompañado en todas sus películas hasta el momento, hace uso de una peculiar paleta de colores pastel primarios, suaves y llamativos, con un cian omnipresente contrapuntado por amarillos que le confiere una particular estética de fábula urbana. Sus personajes se muestran físicamente con una gran claridad y cercanía gracias a la suavidad de la luz y a la frontalidad de sus composiciones, que raramente utilizan fugas o dan importancia a los elementos situados en la profundidad dentro del cuadro. Y las pocas veces que eso ocurre, las imágenes se tiñen de un efecto emocional inquietante y levemente perturbador.

Con este ejercicio estilístico de autor que deviene una suerte de parodia del género escolar educativo, Bozon se aproxima a la comedia árida y disfuncional para abordar el drama social vinculado a las complejidades del sistema pedagógico en los ambientes marginales de las grandes urbes. Y lo hace con un continuo juego desestabilizador de contrastes entre géneros que le confiere una condición de rareza inabordable, lleno de diálogos entregados de forma brusca y disrupciones potenciadas por un montaje de cortes abruptos donde las elipsis son permanentes. Las idas y venidas de la protagonista entre su casa y el instituto son numerosas, hasta llegar a la intermitencia constante entre ambas localizaciones, adquiriendo así una concepción cercana a la sucesión de sketches. Pero su pretensión de virar hacia el drama en su parte final no fructifica del todo, tanto por la dificultad de empatizar con unos personajes tan desnormalizados como por el tono seco y áspero de su planteamiento global. Cayendo víctima de su propia bizarría e indefinición tonal, su capacidad dramática se ve mermada y su revoltijo de ingredientes se vuelve indigesto y caprichoso pese a su trasfondo bienintencionado y encomiable.

Al igual que la protagonista, el propio Bozon también ejerció como docente en un instituto de los suburbios de París, atestiguando sin duda las ridiculizaciones que sufren los educadores por parte de los alumnos, provocándoles estrés y baja autoestima, en un panorama diario que refleja en su película mediante un sinfín de diálogos hirientes, muchos de ellos improvisados por los propios actores en su rol de estudiantes conflictivos y burlones que ven la escuela como un trámite punitivo temporal obligatorio.

En esencia, su loable intención consiste en mostrar la importancia de tener sed de conocimientos, de alentar el placer del aprendizaje y de adquirir métodos de razonamiento propios induciendo a la reflexión mediante sus pequeñas lecciones de geometría, física y filosofía distribuidas a lo largo de su metraje. Y a la vez lanza una sarcástica mirada a la dificultad perpetua de ese agotador empeño con su elocuente secuencia final, donde la inevitable guasa de un nuevo e inmaduro grupo escolar manifiesta esa condición congénita a la juventud de la que ninguna generación logra escapar.

Francesc Talavera Cugueró