La aparición

Xavier Giannoli 2018 Francia

Fe en las pruebas

Tras su comedia dramática "Madame Marguerite", inspirada en la historia real de la desastrosa y entrañable soprano Florence Foster Jenkins, el director y guionista galo Xavier Giannoli coescribe y dirige su séptimo largometraje en quince años, en este caso un drama de intriga religiosa con vocación detectivesca, donde explora nuevamente uno de sus temas favoritos: esa persistente nebulosa que entrelaza la realidad con la fabulación.

En "La aparición", un corresponsal de guerra, aún afectado por la trágica muerte de su amigo fotógrafo durante un reportaje en Siria, es reclamado por un obispo del Vaticano para formar parte de una comisión de investigación canónica pluridisciplinar. Su tarea es determinar la veracidad de unas apariciones marianas, experimentadas por una joven novicia en un pequeño municipio ficticio situado en un valle de los Alpes franceses, al sureste del país.

Estructurada en seis capítulos, su planteamiento resulta atractivo y prometedor, con una elocuente presentación del personaje protagonista: el luto por su amigo muerto; los dolores que padece en su oído interno por su exposición a detonaciones en zonas bélicas; su obsesión por recubrir con cartones los cristales de cualquier ventana; todo ello son elementos que establecen de forma gráfica y concisa las secuelas emocionales, físicas y psicológicas derivadas de su arriesgada actividad profesional. Asimismo, el supuesto caso paranormal que se le pide investigar resulta intrigante, con sus referencias explícitas a hechos históricos ocurridos en lugares como Lourdes, Fátima, Garabandal o Medjugorje.

Es a través del punto de vista de este agnóstico protagonista que se revela el circo montado alrededor del lugar de las supuestas apariciones, convertido en un emplazamiento de peregrinación masiva donde los creyentes idolatran a la joven, una chica sensible, devota y profundamente espiritual. Un mercadeo de recuerdos con motivos religiosos que le hacen sospechar de una posible artimaña del Ayuntamiento, también de los párrocos, para sacar réditos económicos y publicitarios del asunto. Pero la aparentemente franca convicción de la muchacha, así como la especial relación que el reportero establece con ella, siembran la duda acerca de lo que es verdad y lo que no. Muchos elementos entran en juego: la complicada biografía de la chica, alternando el orfanato con estancias intermitentes junto a familias de acogida, hasta su solicitud para ingresar en el monasterio tras su insólita experiencia; la adoración a una reliquia, una sábana con restos de sangre que la supuesta Virgen aparecida dejó atrás; el hallazgo en cierto momento de un tablón medio quemado con el icono de la Madre de Dios de Kazán, que se revela como una coincidencia inaudita que hace tambalear el escepticismo del protagonista, replanteándose sus propias creencias; y sobre todo las escapadas a hurtadillas de la chica para ir al centro comercial donde trabaja un amigo, quien le hace llegar unas misteriosas cartas procedentes del campo de refugiados jordano de Zaatari. La forma que la chica tiene de observar los artículos que venden en las tiendas, así como su impulso de oler la colonia que el reportero tiene en el baño cuando va a visitarlo, suman capas de misterio a su enigma. Tal vez los vea como lujos a los que ha renunciado, o quizá como artículos fascinantes provenientes de un mundo materialista y superficial extremadamente alejado de su realidad espiritual. Mas todo ello hace aun más compleja la psicología de alguien que no ha sabido lidiar con los estudios, la vida y el concepto dela trascendencia, a causa de una trayectoria vital especialmente complicada.

Es en ese historial previo donde el protagonista focaliza sus pesquisas, deshilvanando un entramado que se le antoja cada vez más confuso y contradictorio, minado con secretos celosamente guardados y conexiones insospechadas. Habiendo sido reportero el propio director, Giannoli se siente fascinado por ese proceso de investigación periodística, mostrándolo con esmero y un enfoque no muy alejado de los terrenos documentales. También con una curtida capacidad de observación, que le permite definir a sus personajes mediante escuetas y pulcras pinceladas, para luego hacerlos crecer paulatinamente a partir de esa base. Su habilidad detallista le permite dibujarlos con una gran precisión, emergiendo así una buena lista de secundarios fascinantes: la psiquiatra aplicada, el teólogo descreído, el sacerdote insumiso, protector y receloso de la investigación, o la sombría figura extrañamente amenazante de un evangelista omnipresente. Gran parte del triunfo en ese aspecto se lo debe a su certero reparto, liderado por el posado grave y reflexivo del fotogénico Vincent Lindon, así como la mirada profunda, torturada y enigmática de la introspectiva Galatéa Bellugi, a la que hace rellenar cojines y colchones con plumas naturales, un recurso estético que le permite envolverla en un aura de reminiscencias angelicales.

Ese propósito encuentra su principal aliado en la luz celestial con la que ilumina tales imágenes el parisino Éric Gautier, veterano habitual en las filmografías de Patrice Chéreau y Olivier Assayas. El uso del formato panorámico consigue captar la esencia de unos interiores espaciosos, de colores blanquecinos, luminosos y sobrios, con cierta sensación de decadencia en su austeridad. Su transparente cámara, suave y afinada, se desliza con naturalidad y elegancia, componiendo los encuadres mediante sutiles coreografías con personajes que se mueven a su alrededor, resolviendo con pericia las numerosas escenas con multitudes reunidas y sacando provecho de las interacciones en las secuencias intimistas.

Esa mirada mística se refleja especialmente en los temas musicales preexistentes que Giannoli usa para armar su banda sonora, con especial preferencia hacia el minimalismo sacro del estonio Arvo Pärt, del que aprovecha sus calidades introspectivas de elevación espiritual. Lo acompañan dos melancólicas piezas de Georges Delerue y Jóhann Jóhannsson, sacadas respectivamente de una miniserie documental sobre la evolución de la astronomía y de un álbum temático sobre el mito de Orfeo.

De duración generosa, nunca acaba de invadir de forma directa el género paranormal religioso, a pesar de contar con elementos propios del mismo. Como comenta uno de los personajes, todos se benefician del misterio, tanto los que creen en él como los que no, y Giannoli no es ajeno a ese provecho, ubicándose en una indefinición perpetua, prudente pero insatisfactoria. Y aunque en ciertos momentos parece querer denunciar las prácticas engañosas de la fe religiosa, así como sus políticas contrarias a sus propias proclamas, como la ampulosidad de las instalaciones del Vaticano o el rédito económico que tales fenómenos provocan a su alrededor, su discurso nunca sube de tono ni se decanta hacia ninguno de los dos sentidos. Una posición neutral que, a la postre, le quita audacia e interés a la propuesta, relegándola a un mero drama teológico, melodrama incluso, que prefiere divagar con un desenlace tosco y rocambolesco en vez de abordar de lleno los entresijos de las creencias, las dudas existenciales y el carácter desesperado de la fe religiosa como espejismo donde hallar respuestas que consigan apaciguar el abismo vertiginoso de la inexorable finitud de la vida.

Francesc Talavera Cugueró