El capitán

Robert Schwentke 2017 Alemania / Polonia / Portugal / Francia

El horror como estado natural cotidiano

En abril de 1945, justo antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, mientras huía de los pelotones que perseguían y tiroteaban a los desertores, el joven soldado nazi Willi Herold encontró un uniforme de capitán de las fuerzas aéreas alemanas. Decidido a asumir ese falso rango con tal de salvar el pellejo, llegó a ordenar la ejecución, con sólo diecinueve años, de casi doscientos compatriotas desertores, todos ellos presos en el campo Aschendorfermoor, en la región alemana de Emsland.

Inspirándose en este atroz episodio histórico protagonizado por el más tarde apodado 'el verdugo de Emsland', el director y guionista stuttgartense Robert Schwentke abandona momentáneamente los blockbusters de encargo -más o menos convencionales- que suele rodar en Hollywood, tales como "Plan de vuelo: Desaparecida", "Más allá del tiempo", "RED", "R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal" o las dos últimas entregas de la saga "Divergente", para centrarse en un proyecto propio al que dota de una personalidad extraña e intrigante. Una obra de autor en la que se ha implicado vivamente, no sólo volviendo a su país natal para rodarla, sino también llevando a cabo un largo e intenso trabajo de investigación. No en vano, hacía quince años que no era el guionista de su propia película, desde que lo hiciera en "Las joyas de la familia", la última película que rodó en Alemania antes de su etapa norteamericana.

Schwentke se lanza a contar algunas de las barbaries cometidas por el nazismo desde el punto de vista de sus perpetradores, no de los altos mandos sino de sus bases, unos peones indispensables para mantener en movimiento la dinámica estructural del sistema. Ese planteamiento, bastante insólito dentro de la cinematografía germana debido a los tabúes aún vigentes, llevó el proyecto a encontrar opositores frontales y serias dificultades financieras, todo ello derivado de la incomodidad que suponía esa mirada interna que, de manera inevitable, asocia esos actos ignominiosos a los antepasados recientes de muchas familias alemanas contemporáneas.

Y es que los soldados rasos que conformaban el músculo activo del movimiento nacionalsocialista, sometidos al mecanismo jerárquico militar, a su vez supeditado al aparato burocrático y al sistema judicial establecidos, formaban parte de un entramado tan opresivo que les impedía oponerse a cualquier orden que recibieran. Una suerte de puesta en práctica del experimento que el psicólogo Stanley Milgram diseñó, ya en los años 1960, para confirmar la tesis de la 'banalidad del mal' formulada por Hannah Arendt, es decir, estudiar el fenómeno de la renuncia del individuo a sus propios valores éticos en pro de acatar sin objeciones los mandatos dictados por quien ostenta la autoridad.

Así es como la película de Schwentke se revela tremendamente psicológica, empezando por el propio enigma del comportamiento de su siniestro protagonista: su progresiva crueldad, su sadismo y su aparente falta de humanidad tal vez sean debidas al pánico de ser descubierto; o tal vez a una psicopatía que ya le acompañaba; o a un endiosamiento ante el miedo que despierta a su alrededor por vestir un simple traje; o a una huida hacia adelante que poco a poco se transforma en una borrachera de poder, al comprobar la impunidad de la que goza. A la postre, sus motivaciones son un misterio, su psique una caja hermética y Schwentke saca provecho de esa inconcreción alejando paulatinamente el personaje del apego del espectador, transformando el hombre con traje de monstruo en un monstruo con traje de hombre.

El seguimiento incondicional que muestra parte de los soldados a la autoridad que representa ese traje da cuenta de la arbitrariedad de la pleitesía, así como de la aparente necesidad de una rápida adjudicación de roles jerárquicos en tiempos de crisis. Con la desesperación como motor de la historia, sus personajes ofuscados y reticentes a asumir que su causa está perdida se hunden en un progresivo desvarío febril y agónico, tan decadente como esos grotescos espectáculos de variedades con los que disfrutan en un determinado momento de la película. Unos momentos que establecen con precisión la ridiculez de su situación, a la vez que incorporan un ingrediente musical a la variopinta mezcla de géneros y tonalidades del film.

En efecto, las excentricidades de la película son numerosas y a menudo desconcertantes. Por ejemplo, la farsa inicial con la confusión de identidades, que establece un cierto tono satírico que pronto deriva en suspense ante el riesgo de que el protagonista sea desenmascarado. Más tarde pasa a relatar la picaresca del personaje en sus intentos de superar ese peligro, para luego zambullirse en los terrenos del horror más visceral: violentas secuencias de acción bélica se combinan con alegóricos paseos por bosques llenos de esqueletos, terminando con unos créditos finales que nos muestran una inaudita secuencia en las calles contemporáneas de Görlitz, manifiestamente sarcástica y con apuntes de sólida crítica social.

Por si todo esto fuera poco, la banda sonora del berlinés Martin Todsharow, de corte experimental, usa sonidos electrónicos repetitivos reproducidos marcha atrás, logrando un efecto enrarecido que potencia su enfermizo marco mental. Así es como los vastísimos exteriores del film, inermes y desamparados, adquieren una entidad casi fantasmagórica, extendiéndose hasta el infinito dentro de su gran formato de pantalla, potenciado todo ello por una seductora fotografía en blanco y negro, densa y contrastada, que trabaja las texturas y los claroscuros con un gusto exquisito. De ella se encarga Florian Ballhaus, compatriota y habitual colaborador de Schwentke e hijo del legendario director de fotografía Michael Ballhaus, habitual de Fassbinder y Scorsese. Sus imágenes alcanzan asombrosas profundidades de campo cuando el foco de interés se encuentra en el conjunto, mientras que cuando se centra en los personajes lo hace despegándolos del fondo mediante el uso de teleobjetivos, en un juego de contrastes orientado a potenciar el aspecto narrativo también desde el ámbito plástico.

Aunque incómoda y perturbadora, su extravagancia no escapa de un cierto grado de autocomplacencia, y por lo general se muestra bastante satisfecha de sí misma y de su propia ambición autoral. Pese a ello, sus valores cinematográficos y su preocupante vigencia ante el resurgimiento de la extrema derecha en Europa y el auge del racismo, la convierten en una obra interesante y singular, una sátira teñida de horror que discurre por los recovecos psicológicos más profundos y que nunca debería ser leída desde la literalidad, sino abordada desde un punto de vista puramente alegórico. Un recorrido febril por los escondrijos más oscuros de la mente del ser humano, una insignia de la naturaleza cruel y salvaje de esa bestia llamada hombre, capaz de actuar de forma impune y barbárica en contra de sus semejantes.

Francesc Talavera Cugueró