El reino

Rodrigo Sorogoyen 2018 España

Viaje a los infiernos de la realidad

Tras su exitoso thriller policiaco "Que Dios nos perdone" y reuniendo de nuevo a buena parte de su equipo técnico y artístico, el madrileño Rodrigo Sorogoyen aborda en "El reino" un tema casi insólito dentro del panorama nacional: la corrupción política que ha padecido sistémicamente nuestro país desde hace un buen puñado de años. Una obra que se suma a la otra excepción que fue "B" tres años atrás, la película del pamplonés David Ilundain que recreaba de manera casi documental las declaraciones ante la Audiencia Nacional del extesorero del Partido Popular. Y es que ya sea por desinterés, por miedo o por autocensura, nuestra filmografía nacional contemporánea no tiene por costumbre abordar frontalmente cuestiones relacionadas con los entresijos políticos de los tiempos que corren, una práctica que sí se plantea con gran naturalidad y mucha más frecuencia en otros países, en donde se explayan a gusto enfrentado las posiciones y las actividades gubernamentales con las que los autores de esas obras no comulgan.

Ambientada en el año 2007, "El reino" va un poco más allá y construye una obra de ficción sobre una situación desdichadamente real y fehaciente, en donde un vicesecretario autonómico ve fracasado su salto a la política nacional por una filtración que le señala como corrupto. Algo que le obligará a protegerse reuniendo pruebas en contra de sus compinches, que ahora le dan la espalda e incluso parecen conspirar contra su vida, retratando así un entramado de corruptelas urdido por una panda de políticos arrogantes, prepotentes, consentidos, inmaduros e irresponsables, que han hecho del servicio público un medio exclusivo para conseguir un holgado lucro económico personal. La película evita centrarse en un solo partido y reparte a gusto entre toda la casta, sin especificar nombres concretos de personas ni de organizaciones políticas, aunque cualquier espectador sabrá reconocer perfectamente de qué se está hablando en todo momento.

Son sus diálogos ácidos, agresivos, violentos y hostiles los que ayudan a plantear toda la narración como una extensa sucesión de pulsos de poder entre el protagonista y su entorno, ya sean sus compañeros, sus superiores, sus familiares o todos aquellos que se interpongan en su camino a la hora de intentar lograr sus objetivos. Coescritos por el propio realizador junto a su habitual colaboradora Isabel Peña, estos diálogos vertebran un guión que, si bien empieza como una especie de docudrama de denuncia, acaba convirtiéndose en un thriller -no siempre del todo verosímil- cuya atmosfera cada vez más febril, paranoica e irrespirable lleva a la historia a bordear incluso las fronteras del terror.

A tal efecto, contribuye su uso casi permanente de la cámara en mano, que trasmite un constante estado de nerviosismo a la vez que permite una gran agilidad para seguir a los personajes en sus infinitos desplazamientos. Jugando con los términos, su inmenso poderío visual consigue armar auténticas coreografías de baile entre los actores y la cámara, en unos vistosos planos de extensa duración, nunca forzados ni evidentes, gracias a un meticuloso control del ritmo interno y a una fluidez natural a la hora de centrar el foco de la acción. También suma la fotografía de Alejandro de Pablo, que toma riesgos con planos sobreexpuestos, regalando un buen puñado de los cada vez más añorados primerísimos primeros planos de personajes, unas imágenes poderosas, dramáticas, subyugantes y evolventes. Y se suma a la fiesta el trabajo de Olivier Arson, con una banda sonora techno casi minimalista, electrónica y también eléctrica, rítmica y altamente climática, que potencia a partes iguales los elevados niveles de ansiedad, estimulantes y desasosegantes, que ofrece el film.

Su nido rebosante de víboras traidoras está interpretado por un reparto descomunal, desde la nunca suficientemente aprovechada Mónica López hasta un superlativo Antonio de la Torre, quien se erige como el protagonista absoluto de la función. Su personaje desprende un cierto nivel de empatía a pesar de su reprobable desfachatez, algo buscado por la película para colocar nuestra ética ante un espejo. Algo que Sorogoyen deja muy claro, de manera muy hábil, en la muy comentada secuencia donde un cliente anónimo se percata de que el camarero le ha devuelto mal el cambio a su favor y duda durante unos instantes si decírselo o no. Y lo consigue también al jugar con el habitual deseo que este tipo de relatos despiertan en el espectador, en donde nos ponemos en la piel del personaje y queremos que logre salirse con la suya, aunque en este caso sea un execrable sinvergüenza como los que criticamos a diario. Es la secuencia final la que consigue sacarnos de ese estado y enfrentarnos a nuestras propias contradicciones, diezmando al mismo tiempo parte de la efectividad de su discurso, ya que explicita su tesis y adquirie un tono aleccionador, rebajando mucho la fuerza que posee la sugestiva amoralidad del film.

Pese a ello, su sólida factura, su absorbente narrativa y su sustrato intensamente documental, que airean por fin y con indignación los trapos sucios de la política española, tienen tantos valores éticos, morales, estéticos, narrativos y sociales que no queda otra que rendirse ante la pesadilla que propone. Una pesadilla de la que, cuando parece que nos hemos despertado y nos hemos librado de ella, descubrimos que forma parte de otra pesadilla que aún perdura.

Francesc Talavera Cugueró