Primeros cuatros días en el festival de Gijón

David Brion 23 November 2008

Recorrido por todo lo acontecido en estos primeros cuatro días de festival, una cita internacional ineludible para todos los amantes del cine independiente.

Viernes 21, día 1 en Gijón: "Comenzamos"

Aterrizaje en Gijón, con un día de retraso tras el comienzo del festival. Fruto de ello, nos perdimos la gala de inaguración del festival, para la cual fué elegida Estíbaliz Gabilondo como maestra de ceremonias. También nos perdimos la película Choke (Asfixia), que inaguró el festival, leemos, con cierto éxito y muchas risas.

Así pues, tras la llegada a Gijón y la recogida de acreditación pertinenete, tocaba, ya, por fin, comenzar el viaje por los 9 días de cine que esperan. Las novedades de este año, en principio positivas, están dando algún quebradero de cabeza a la organización. El nuevo sistema de acreditaciones ralentiza la entrada a las sesiones para la prensa (que casi siempre comienzan con un ligero retraso, si bien hay margen suficiente para que ello no suponga la pérdida de ninguna otra película gracias a la confección de los horarios) al tener que comprobar uno a uno informáticamente los carnés ciudadano que sirven como acreditación. La recogida de entradas tampoco va tan rápido como cabría esperar, sobretodo en estos primeros días, fruto de la opción, por primera vez, de recoger entradas para todo el festival y no sólo para las proyecciones de la jornada. Mención aparte merece, sin duda, el personal al servicio del festival, siempre atento a hacer la labor de los acreditados más sencilla y el disfrute de los aficcionados mas cómodo, con amabilidad y muy servicial, tanto en la sede del festival como en las diferentes salas de proyección, así como desde la sala de prensa (que, si bien no está al 100% preparada, siempre cuenta con la ayuda del personal allí presente para sobreponerse a los problemas que se puedan originar por ello). Pero vamos a hablar de cine, que es, al fin y al cabo, es lo que nos ha traído aquí...

El viaje por el festival comenzaba para el abajo firmante con la belga "Nowhere man", de Patrice Toye. Una película sobre la huída del tedio existencial de un hombre decidido a ser otra persona hasta las máximas consecuencias. Con ciertas reminiscencias en su síntesis a la argentina "El otro", que también se pudo ver aquí (y hasta resulto premiada) el pasado año, pero con un planteamiento mucho más ágil y acertado, la película se centra, sobretodo, en las dramáticas consecuencias de una decisión poco meditada, tanto inmediatas como, sobretodo, cuando, a su vuelta, cuando comprueba que el mundo ha seguido girando durante su ausencia. Desde luego, una buena manera de comenzar nuestro paseo.

Paseo el que dábamos despues hasta el Teatro Jovellanos para poder ver "Three Monkeys", que llegaba a Gijón tras hacerse con el premio al mejor director en Cannes. Rodada con sobriedad y con tres partes muy bien diferenciadas entre sí, la película va ganando en intensidad tras un comienzo lento (eso sí, con una escena inicial maravillosa), nos cuenta la historia de una familia turca que ve todo cambiar cuando el padre acepta declararse culpable de un crimen que no cometió. Durante ese tiempo, los acontecimientos se suceden en el seno familiar. La situación económica mejora, pero el matrimonio se hunde, la cama se vacía y, tras la vuelta del padre, al igual que le sucede al protagonista de la película antes comentada (aún sin tener nada que ver la situación), nada parece ser como debería. Los acontecimientos se disparan y explotan ante los ojos del trío protagonista.

Y lo previsto era completar la sección oficial (aún fuera de competición) con "Choke (Asfixia)", pero, lamentablemente, las entradas estaban agotadas a la llegada de servidor a la taquilla. Pero como no hay mal que por bien no venga, gracias a ello pudimos asistir a nuestro primer "Encuentro con el público", además de salirnos por primera (y en realidad, será una de las escasísimas) vez de la Sección Oficial para ver "El brau blau", de Daniel V. Villamediana. Un debut en el largo del crítico y fundador de "Letras de cine", la historia del toreo sin toro, que no huye de ciertas polémicas temáticas (realizar un filme sobre toreo en Catalunya, donde su capital estudia convertirse en "ciudad antitaurina", y en catalán; comenzarlo, precisamente, com imágenes de la Monumental de Barcelona a rebosar). Villamediana huye aquí de cualquier tópico o convencionalismo, tanto en lo que se refiere al mundo del toreo y a los filmes que se han hecho sobre él (por no haber, aquí, no hay ni toro, pues no es sino esta cinta el certero retrato de una obsesión, causada por la soledad y también por la fascinación hacia José Tomás, personaje secundario, aún sin aparecer una sola vez, de la película), como en el del propio cine, con una manera de entenderlo francamente personal, fundamentalmente visual pero también narrativa pese al silencio (al contrario de su compatriota Albert Serra, por ejemplo), donde el personaje (único) no deja de evolucionar en todo el filme, hasta desembocar en la gran faena del torero sin toro, en una plaza improvisada, una escena cumbre de más de 10 minutos de duración (en una película que dura 63) rodada por primera vez desde el punto de vista del espectador lejano, huyendo de los planos detalle que la película nos ofrece una y otra vez durante el resto del metraje.

Sábado 22, día 2 en Gijón: "Realidad y Ficción"

Dificil de hacer crónica de este 3º día del Festival Internacional de Gijón (2º día de mi festival particular) sin creer inevitablemente que estoy equivocado, cuando la opinión del grueso del público parece ir en un sentido y la de un servidor tan diferente. Pero estoy aquí para eso (entre otras cosas), así que allá voy, ya con la conciencia tranquila de haber advertido la discrepancia general que un servidor sintió con respecto al público gijonés en masa:

Empezamos el día con "Adoration" (película de la Sección Esbilla/Selección). Lo nuevo del canadiense Etam Egoyan, cuya presencia en Gijón lo convirtió, probablemente la gran estrella festivalera de la presente edición (y en palabras del director del Festival, una cita pendiente desde hace tiempo), un acierto a celebrar para todos los presentes, sin posibilidad de discrepancia aquí. En la presencia del director en el festival, digo, no en la película en sí misma que ayer presentó. Y es que "Adoration" no se acerca, ni de lejos, al mejor nivel de Egoyan, manteniéndose en un nivel digno, pero nada más, una ligera decepción, que parece (intencionadamente o no) una obra menor en la sólida carrera del director de Exótica. No nos costará encontrar temas y sensaciones comunes (la soledad, el desencuentro, una cierta melancolía que, también aquí, nos acompaña todo el metraje) en una película que no huye de la polémica y consigue romper ciertos tabúes, con ritmo pausado, que no lento, y una acertada narración no lineal. Sin embargo, algunas escenas sobrantes, excesivamente pretenciosas algunas, en evidente búsqueda (en ocasiones descarada, incluso) de una emotividad nunca encontrada otras.

No disgustó en Gijón, pero tampoco destacó especialmente, lo que de por sí supone una decepción en tanto en cuento Egoyan da menos de lo que cabría esperar de él, si bien su siempre interesante presencia fue recompensada con una buena ovación (ya habíamos asistido, por la mañana, a la rueda de prensa más habitada de todo el festival) pese a los problemas de la proyección (que comenzó con casi media hora de retraso y tuvo varios problemas de sonido), y el encuentro con el público que se extendió casi una hora (hubo que cortarlo por problemas de tiempo, especialmente tras el retraso inicial, pues era la primera de tres películas en el Teatro Jovellanos y se hacía necesario evitar retrasos), encuentro en el que estubo acompañado del responsable musical del filme, su habitual colaborador Michael Danna, cuyo trabajo aquí con uso conservador de una música de corte muy clásico, se queda lejos de anteriores colaboraciones, con una cierta obsesión por subrayar (demasiado y de modo torpe) los momentos claves de la película.

Llegaba después una película especialmente esperada del certamen, pese a ser una ópera prima, por lo mucho que su sinopsis y planteamiento había dado que hablar en el ambiente más festivalero de la ciudad. Pues llegaba el momento del estreno (precedido por una breve charla del director, que prometió un pequeño coloquio posterior que no llegó a producirse, suponemos, por problemas de tiempo, pues la película terminaba con solo 30 minutos de antelación a la siguiente) ver "A complete history of my sexual failures". Y la cosa, ojo, empieza bien, con un hombre desbordado por la situación sentimental que vive, que se propone hacer una película entrevistando a sus exnovias como proyecto. Y lo lleva a cabo bien, el toque de falso documental (todo es verídico, según el director. Con todo, muchas partes resultan tan inverosímil como el cuidadísimo look descuidado que Chriss Waltt lucía en la rueda de prensa) funciona bien, realmente bien, y el humor negro nos da situaciones, ciertamente, desternillantes, mientras vemos la dificultad de llevar acabo tamaña empresa. Y cuando empezábamos a creer que realmente estábamos viendo una obra radicamente diferente, valiosa en su medida, con un interesante paso adelante en la exploración personal en el cine, desgraciadamente, la cinta se hunde en el fango, en una eterna búsqueda de la risa facil, con gags más propios de una suerte de American Pie... con pretensiones. Dudo, para que se me entienda, que alguien sea incapaz de situar escenas como la de la viagra (no desvelo nada por señalar, para que el lector conteste internamente a la pregunta planteada, que en un momento dado el protagonista ingiere hasta 8 pastillas de golpe, provocando una previsible erección de ocho horas de duración y saliendo a conseguir una ración de sexo, cámara en mano y pantalón en la rodilla) en películas del corte de la cinta antes citada. Sin embargo, y es justo relatar los hechos tal como sucedieron, la película se llevó a su fin la mayor cantidad de aplausos, por intensidad y duración, que se han podido escuchar a día de hoy en el Jovellanos (y probablemente la que veamos en todo el festival).

Y después de ello, sin embargo, asistimos a la timidísima reacción (incluso muy negativa en algunos casos) del público de la americana "Wendy and Lucy", que en opinión de un servidor, en absoluto ha recibido la acogida que merecía. Una historia aparentemente muy pequeña, en una cinta de no mayor metraje (apenas 80 minutos), que no necesita más para evocarnos una cantidad de sensaciones que nos hace pensar que parece decir, en realidad, mucho más de lo que enseña a un simple golpe de vista. Si la cinta de Chris Waltt fracasa al tratar de vender como algo real lo inverosímil, la de Reichard consigue transformar una historia de ficción en algo cercano, real, totalmente verosimil. Cuando Wendy (magnífica Michelle Williams), camino a Alaska en busca de trabajo, pierde a su perra Lucy en un pequeño pueblo de Oregón, todo su mundo se tambalea. Con un viejo coche (que, además, se estropea) como hogar para ahorrar gastos en el camino, y muy lejos de casa, Lucy es la única conexión con todo cuanto le quedaba en este mundo. Cuando su perra se pierde, no solo pierde eso, sino que pierde prácticamente su conexión con su pasada vida (como se aprecia en la llamada que realiza desde el bar, y la desalentadora incomunicación de/con su hermana), pues Lucy es lo único que Wendy tiene permanentemente, a su lado, como exclusiva compañía. Y es entonces cuando Wendy, aparentemente frágil pero más dura que la roca (o aparentemente dura pero más frágil que el cristal), comienza su incesante búsqueda, consciente de que, más allá de quedarse sin compañía y sin coche, definitivamente parece entender que su empresa se le queda grande. Inconscientemente toma consciencia de su fracaso, y aunque nunca se rinde, parece saber que tras levantarse tropezará con un nuevo obstáculo en el camino que le volverá a hacer caer, como le ha venido ocurriendo a lo largo de su viaje. Con todo, y sin nada ya que perder, decide seguir adelante. Una película dificil, cierto, sin mensaje optimista posible, que recuerda en muchos aspectos a la anterior cinta de Kelly Reichard, Old Joy; de esa clase de cintas capaces de decir mucho con muy poco, de modo totalmente implícito pero a la vez de una manera realmente simple.

Domingo 23, día 3 en Gijón: "Parajes"

Algo curioso sucedió, desconocemos si de modo premeditado o no (probablemente no), con la distribución en el calendario festivalero de los estrenos de este pasado Domingo, en el que los dos tenían en común coincidencia un hecho clave en ambas películas: la importancia del paraje, del lugar donde se ha rodado, para sus protagonistas y para las historias, contadas por dos directores que nacieron en esas tierras y que en ellas debutan en el largometraje de ficción. Hablamos de Salamandra y Tulpan (pues ayer solo ví dos películas, las de la Sección Oficial, tomándome un merecido descanso y algo de tiempo para (re)visitar la ciudad), dos cintas bien diferentes que nos cuentan las dificultades de la vida en dos lugares aislados, donde los ecos de la civilización llega, pues si una se integra entre lo mejor que nos ha dado y nos dará el festival, la otra no consiguió ni de lejos contentar en exceso al respetable.

Así, "Salamandra" nos envía, junto a una madre (de 30 años) y su "recién conocido" hijo (de 6) tras salir de prisión, al territorio mágico de El Bolsón, en la patagonia argentina. Lugar donde floreció la cultura hippie en los años 70, cuando los dos personajes llegan a El Bolsón se encontrarán con los últimos resquicios de la misma, cuya realidad es bien diferente a como la madre se imaginaba o recordaba, y que coloca al joven Inti, llevado allí contra su voluntad, en una situación en una situación donde el terror no impide una cierta curiosidad ante lo que le rodea. Pero la película naufraga en alguna parte. Lejos de profundizar en las posibilidades que da el lugar donde se produce la historia, Pablo Agüero, el último en llegar a ese "nuevo cine argentino" del que tanto se está hablando este año en Gijón, se centra en las dificultades a que se ven constantemente asediados los dos protagonistas (a uno, la madre, apenas la llegamos, en realidad a comprender). Una oportunidad perdida de un director que parece dejar entrever en varios momentos un cierto talento que hace que sea una figura interesante de seguir, pero que no consigue en este primer largometraje terminar de triunfar.

Pero las sensaciones de cierta decepción que nos dejó Salamandra se olvidaban fácilmente tan pronto daba comienzo el estreno de "Tulpan", que supuso la llegaba, probablemente, de la mejor película de lo que hasta ahora nos ha ofrecido el festival. Su director, el kazajo Sergey Dvortsevoy, que debutaba tambien en el cine de ficción, si bien detrás cuenta ya con una dilatada y prestigiosa carrera como documentalista, y, notablemente influido por ella, nos ofrece una verdadera delicia de fácil degustación y profundo calado. La historia es sencilla; Asa acaba de terminar su servicio militar en la Marina y regresa a la estepa del sur de Kazajstán. Allí le esperan su hermana y su familia de pastores, además de su inseparable amigo Ondas, que se pasa el día escuchando a Money M en un motocarro decorado con fotos pornográficas. Su intención, hacerse cuanto antes con un rebaño y ser pastor. Desgraciadamente, el rebaño prometido solo le será entregado tras haberse desposado, y sólo hay una mujer con la que pueda hacerlo en toda la zona. Su nombre, Tulpan (Tulipán, en castellano).

Y bajo esta premisa, Dvortsevoy nos ofrece una película grande, ambiciosa, con mucho de personal pero en absoluto autobiográfica (como señalaría en la rueda de prensa), cuyo proceso creativo se alargó durante cuatro años en el tiempo, con múltiples cambios internos (el propio Dvortsevoy comentaba que tan solo el 20% del guión original se utilizó fielmente en la película, algo que fue consciente de que iba a pasar desde el primer día de película, tras el rodaje de la primera escena, clave en el desarrollo del filme y rodada y expuesta de modo seco y sin cortes, sin edición, de modo muy cercano al documental), cociéndose a fuego lento. Y desde que la película avanza, todo un halo, difícilmente explicable, cubre la sala. La historia, el lugar, todo se funde en la pantalla creando una sensación a la vez de purísima realidad y de pequeño cuento mágico (ayudado sabiamente por la evocadora canción de cuna que tanto gusta de cantar a uno de los personajes) que se convierte sobretodo en una gran declaración de amor (a una tierra, a un oficio, a un lugar, y a una idea, representado todo ello en la figura "invisible" de Tulpan) rodada con una mezcla de actores profesionales y verdaderos pastores habitantes de la estepa (todos ellos, excelentes), humildad y mucho sentido del humor. Decía su director que no dudásemos en preguntarle lo que sea si lo vemos por la calle, por que se quedará varios días en Gijón. Esperemos que sea hasta el Sábado, y que la estancia no sea en balde, por que Tulpan apunta, aunque sea un poco pronto para decirlo (quedan 10, más de la mitad, de las cintas a concurso por estrenarse aún), a ser una película cuyo lugar natural en el festival se enmarca, sin duda, dentro del palmarés de esta edición del FICG.

David Brión

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