Un joven reportero recorre las calles de Barcelona a toda prisa. Gruesas gotas de sudor recorren su rostro. Los minutos vuelan y la hora se acerca, lentamente. Se detiene unos segundos para tomar aire, consulta el reloj. Llegará justo, seguro, y eso si no surge algún contratiempo de última hora. Saca del bolsillo la entrada, por enésima vez. Efectivamente, quedan cinco minutos para que empiece la película. Bueno, es igual, se dice. Seguro que no hay mucha gente, este tipo de películas no se suelen llenar. Craso error.
¿Cómo podía imaginar que el Festival de Cine Asiático, sí, asiático, no hollywoodiense, ni siquiera remotamente europeo, películas que apenas llegarán a los cines comerciales, estuviera a reventar? Una enorme cola, de cientos de personas, surge de Aribau Club. Y ahí, mientras poco a poco su mente va asimilando la idea de sentarse en primera fila, o en un extremo, justo debajo de los altavoces, es cuando el joven reportero empieza a pensar en las razones que le pueden haber llevado a esta situación. ¿Acaso el cine asiático ha dejado de ser patrimonio exclusivo de una minoría?
Lo cierto es que el cine asiático sigue entrando con cuentagotas en nuestro país, a pesar de lo que nuestro protagonista pueda pensar, y lo mismo ocurre en la práctica totalidad de Europa. Sin embargo, no se pueden obviar una serie de hechos que parecen indicar un ligero cambio en esta situación. La primera, y quizá la más importante, es la gran (y exitosa) participación que tienen las películas asiáticas en los principales festivales de cine en todo el mundo. Posiblemente el principal exponente de esta 'invasión' sea Wong Kai War, un impresionante director chino, de filmografía imprescindible para cualquier amante del séptimo arte. Una de sus ineludibles obras, 'Deseando Amar', triunfó en Cannes en 2000, lo convirtieron en un personaje muy reconocido a nivel internacional. Y no es para menos. Sus películas contienen la esencia del cine asiático, un cine minimalista, magnífico a la hora de transmitir los sentimientos, convirtiendo historias sencillas, cotidianas, en verdaderas obras de arte.
Hay mucha expectativa a las puertas de Aribau Club. Se está a punto de proyectar la ganadora del León de Oro 2006: 'Still Life'. La última triunfadora del festival de Venecia se presenta como uno de los platos fuertes del Festival. ¿Cumplirá las expectativas? ¿Será la prueba definitiva de que el cine oriental está al nivel, como mínimo, de las más importantes producciones occidentales? Sin embargo, el muchacho comprueba, extrañado, que otra película (prácticamente desconocida) que se proyecta a la misma hora, congrega a tanta gente como la premiada cinta que se dispone a ver. ¿Será que la mayoría de personas se toman tan a la ligera el cine asiático que les da igual qué película ver?
Una breve charla con algunos de los asistentes al festival le reafirma en esta opinión. La mayoría ni sabe exactamente qué película va a ver. Para muchos, todas las películas son esencialmente iguales, simplemente las ven por curiosidad, sin que les pueda pasar por la cabeza la idea de que allí se pueden proyectar cintas muy superiores a las que nos ofrecen las salas convencionales (aunque en las últimas fechas esto no sea demasiado meritorio, bien pensado).
Pero es difícil defender el cine oriental después de la película. Lo cierto es que ha defraudado bastante, la sala se aburría soberanamente a la media hora, y con total justicia: el ritmo, lento (lo cual no debe ser por norma algo negativo, aunque en este caso es insoportable, planos eternos con nula información), los personajes mal dibujados en su mayoría, las historias, inconexas, con poquísima sustancia. Estéticamente la cinta es más que aceptable, pero eso no es suficiente, no debe ser suficiente. El joven reportero sale de la sala abatido. Esperaba otra cosa. Algo de sustancia. Por suerte, los comentarios a su alrededor reiteran sus opiniones, y comprende, aliviado, que tal vez no sea culpa suya, tal vez no es que sea incapaz de comprender el cine asiático, sino que este filme en concreto era de poco nivel. Podrá haber ganado incontables premios, pero jamás será considerada una obra maestra. Ni mucho menos.
Las películas se suceden y poco a poco empieza a recuperar el entusiasmo que antes le guiaba. Las películas mejoran, sobre todo 'Life Can Be So Wonderful', sin duda la mejor de las que ha visto. Porque eso es precisamente lo que esperaba. Poesía en movimiento. Pequeñas historias minimalistas, en las que se muestre el alma de los personajes, algo que es imposible encontrar, casi siempre, en las películas americanas (y en las europeas, la verdad).
Al final de la semana, su conclusión es inesperada: las grandes películas le han fallado, y algunas sorpresas han calado más hondo de lo que podía imaginar. Y es que el cine asiático, al contrario de lo que la mayoría de críticos suelen decir, tiene bazofias tan calamitosas como la peor película de Uwe Boll (si alguien no sabe quién es, es preferible seguir en la ignorancia). Sin embargo, entre tantas producciones unánimemente aclamadas por críticos que jamás han reído o llorado durante una proyección, películas sin alma, muertas, surgen otras joyas imprescindibles que hacen del cine asiático una necesidad para todos aquellos que estén hartos de salir de la sala, una vez más, con la sensación de haber tirado el dinero.
Existen pequeñas perlas, piensa el joven reportero mientras abandona el festival (la antes mencionada 'Life Can Be So Wonderful' y 'Strawberry Shortcakes', quizá algo inferior a la anterior, o al menos al muchacho le impactó menos), que hacen del cine algo más que un mero entretenimiento, que reivindican su esencia, algo extraviada en las últimas fechas.
El cine asiático se extiende por el resto del mundo. Sin embargo, no lo hará mediante tediosas cintas completamente ajenas al público general. La única forma de conseguirlo es mediante directores como Kar Wai, mediante pequeñas delicias como 'Life Can Be So Wonderful (qué título tan acertado para un inmenso poema visual)'.
El joven reportero recorre las calles de Barcelona de nuevo. Ahora es de noche; camina lentamente, sin prisa. Deja que la brisa le acaricie el rostro. Se ha terminado el festival, y debe reconocer que le ha quedado un buen sabor de boca. No todas las películas han sido buenas, ni siquiera ha podido comprobar cómo las producciones asiáticas se han convertido en serias competidoras de las occidentales (pues no es así, al menos todavía), pero a pesar de todo, mientras recuerda momentos fugaces de las películas que más le han gustado, comprende, con una sonrisa, que jamás podrá dejar de amar el cine.
Una muestra del poder del cine para luchar contra la opresión y de la progresión que vive el séptimo arte en un país con tanto potencial como China.
El joven reportero recorre las calles de Barcelona mientras recuerda momentos fugaces de las películas que más le han gustado. Comprende, con una sonrisa, que jamás podrá dejar de amar el cine.