Articulo

Crónica del festival In-Edit 2019

Crónica del festival In-Edit 2019

Recopilación de las crónicas diarias de nuestra asistencia al festival

Por Javier Rueda

Por fin llegó una nueva edición del In-Edit - Festival Internacional de Cine Documental Musica y, con ella, nuestra cita anual con un certamen dedicado a recoger la cosecha reciente de obras cinematográficas que dialogan con el presente, el pasado y el futuro del arte musical. Un lugar donde descubrir y revivir nuevos y viejo artistas, mas también movimientos, tendencias y narrativas, disfrutando de la potenciada doble cualidad -auditiva y visual- de este tipo de propuestas.

Por ello, las expectativas eran altas, como siempre, si bien este 2019 íbamos con cautela, a sabiendas de que en general no ha precisamente un año destacable en cuanto al cine que nos vendrá, tal como hemos podido comprobar en la baja calidad de la selección de otros festivales coetáneos. Para nuestro pesar, pese a haber disfrutado de algunas obras interesantes, e incluso algunas emocionantes, hemos de decir que efectivamente ha sido un In-Edit más flojo que de costumbre, o que cuando menos hemos tenido mala suerte a la hora de hacer nuestra selección de visionados.

En todo caso, con la misma ilusión de siempre, recogemos a continuación la crónica de nuestro paso por el festival junto con reseñas de los largometrajes vistos. Que empiece la música.


DIA 01

Llega el dia de nuestro estreno en el In-Edit 2019 y lo hacemos en una sesión en la sala Aribau1 llena a reventar. No en vano se trata de “Berlin Bouncer”, del alemán David Dietl, una obra que ha generado una perceptible expectación en la audiencia ante su promesa de revisitar la historia reciente de Berlín, esta vez contada a través de tres notorios porteros de discoteca que vivieron la caída del Muro y el boom de la cultura de club.



Se trata de tres mitos de la noche berlinesa, desconocidos fuera de ella, siendo este uno de los motivos que hacen que para la gente de estas latitudes sea menos interesante de lo esperado saber de sus inquietudes personales. Principalmente porque excepto uno de ellos, un artista con una visión del mundo ciertamente excitante, los otros dos componen un retrato bastante vacío de alguien que se ha hecho un nombre con mucho esfuerzo en horas intempestivas, algo destacable por sí mismo pero que, trasladado a formato cinematográfico, resulta insuficiente para interpelar a quien asiste a la proyección sin conocerles previamente. También porque el director intenta rellenar ese vacío retratando los ambientes en los que se mueven de una manera excesivamente directa y centrada en ellos, que no da pie a la poética (como una posible salida) ni al retrato social (como otro de los posibles caminos).

Por eso, al final, tal como dice su sinopsis, vemos cómo el desarrollo de este documental entrelaza poco elaboradas disertaciones sobre una profesión inestable junto a imágenes -que se quedan lejos del retrato- que remiten a conceptos como hedonismo, arte, racismo o gentrificación. Todo ello con un apartado musical poco relevante, además. Suerte tiene el director que uno de sus personajes es Sven Marquardt, una leyenda punk del Berlín Este con interesante carrera como fotógrafo, quien consigue levantar el documental cada vez que interviene. Sin él, sería anodino y carente de interés para quien no conozca a estos tres cancerberos; con él, el documental aprueba por los pelos.



Siguiendo la tradición, después del documental hacemos tiempo para la segunda sesión al frescor de una buena cerveza, algo que marida bien con el cine y mejor aún con la música. Acto seguido nos adentramos en la colosal sala Aribau5 para ver la proyección de “David Crosby: Remember My Name”, del estadounidense A. J. Eaton.

El punto fuerte de este documental es que ofrece exactamente lo que promete. Mas también es ese su punto débil, como suele pasar en la mayoría de panegíricos al uso que se producen en torno a la figura de un artista de renombre. En este caso, de uno de los popes del rock californiano (“The Byrds”, “Crosby, Stills, Nash & Young”), quien con celebrable honestidad rinde cuentas con su turbulento pasado y su increíble capacidad para perder la amistad de sus seres cercanos, sólo comparable a su increíble talento para la música.


Sin duda, revisitar algunas de sus composiciones, así como las vicisitudes que rodearon su creación, es un placer que todo melómano puede disfrutar, incluído el que escribe estas líneas, siendo tanto más placer culpable cuanta más salsa rosa rodee dicha gesta. Y es que -a diferencia del documental que veríamos al día siguiente- lo normal en este tipo de propuestas es regodearse en la crapulencia que rodea a verdaderos mitos vivientes, como si fuera algo destacable en sí y/o mereciera la pena dedicar esfuerzo, dinero y tiempo en contarlas, de una manera, además, proclive a la moraleja fácil.

Por suerte, alivia esa situación la pericia de Cameron Crowe, cineasta (“Casi famosos”, “Jerry Maguire”) y otrora periodista musical que se encarga de interrogar a Crosby. También el hecho de que la narrativa del documental sea sencilla pero efectiva, con un montaje que no pierde nunca el tempo y que sabe sacar partido de la obra musical del retratado. Se suma a ello el gran carisma del personaje y el hecho de que el sentimiento de culpa y el miedo a morir sean temas universales, especialmente cuando llega el ocaso de una vida. Así es como esta obra de estructura clásica acaba ofreciendo un reconfortante -aunque fácil-  tramo final, para apuntalar la que parece su única tesis: que la música puede ser una efectiva tabla de salvación.


DIA 02

Una de las gracias de los festivales es sentirse contradecido continuamente en las expectativas, sobre todo cuando el resultado supera lo que uno esperaba. Y es que encarábamos el segundo día de festival con ganas de ir a más, después de un primer día interesante a priori pero que no colmó del todo nuestras ansias de buenas experiencias, pero nos la jugábamos a una sola proyección, con una obra que había sido escogida más por nuestra mitomanía que no por la confianza en que pudiera ofrecer algo más que el retrato meramente ensalzador que aparentaba ser.



Así pues, la encargada de darnos la sorpresa ha sido “John Lennon And Yoko Ono : Above Us Only Sky”, del estadounidense Michael Epstein, que nos ha recibido en una majestuosa sala Aribau5 con aforo completo. Una obra que prometía ser “tan solo” la crónica definitiva de la grabación del célebre álbum “Imagine”, cosa que cumple sobradamente, pero que retrata también el despertar político de Lennon. Y a través de ello, siendo esto aún menos esperado, no solo nos recuerda la relevancia que puede llegar a tener la visión crítica y política dentro del arte, y del poder la música como emisor de ideas y creación de movimientos, sino que también visibiliza i reivindica la importancia de la figura de Yoko Ono en todo ello. De ella, no solo descubre al gran público su gran y decisiva influencia en ese álbum, sino también su increíble talento artístico -conocido de sobras por los aficionados al arte contemporáneo- y su gran empatía y compromiso activista con la humanidad.

Y es que si todo esto no fuera de por sí suficientemente interesante de recuperar y vivir en primera persona, gracias a unos materiales de archivo realmente buenos, que nos llevan a vivir la energía de una época, con momentos irrepetibles de los 70 como por ejemplo la acción antibélica “War is Over” realizada en Nueva York (pone la piel de gallina ver el poder que tenía un artista para agitar la conciencia de las masas), o a ser partícipes en tiempo real de algunas de las decisiones artísticas más trascendentes del álbum (unos momentos realmente deliciosos desde un punto de vista puramente musical), más trascendente, si cabe, es la voluntad del documental de hacer justicia histórica con la figura de Yoko Ono y sacarla del foso en el que la cultura popular la relegó, principalmente por el moralismo reaccionario -patriarcal, por supuesto- de la época, algo que es evidente analizado hoy día pero que, por entonces, la convirtió en la enemiga de toda esa generación por la que ella luchaba. De ella se créo, pues, un relato que se ha mantenido hasta nuestros días y que este documental pretende desmontar con argumentos irrefutables.

Así pues, este documental ofrece un potente cóctel de visionado más que recomendable. Feminismo, compromiso social, arte vanguardista, amistad y mucha música de la buena para retratar parte de una sociedad/país/época, como tantas otras, irrepetible, de la que podemos aprender e inspirarnos para el presente.


DIA 03

Con el subidón del día anterior nos hemos aventurado hoy en la sala Aribau4, de nuevo con una afluencia masiva, para asistir a la proyección de “The Rise of the Synths”. Presentada por su propio director Iván Castell, esta obra venía con la promesa de hacernos vibrar a ritmo de synthwave, esa corriente de música electrónica, con gusto por las maneras underground y do-it-yourself, que se inspira en las bandas sonoras y el imaginario de los 80.



Y lo consigue, aunque a medias. Y no porque no tenga material de sobras, sino porque se centra más en dar voz a todos los diferentes protagonistas del movimiento, que no en crear un mapa sensorial de lo que representa su música. Es así como prefiere concatenar una opinión tras otra, cayendo a veces en la reiteración de ideas y conceptos, en vez de dar espacio a momentos de descanso en los que regalarnos los oídos con la música de la que habla. Porque temas suenan muchos, pero casi siempre retazos de ellos, sin el debido tiempo necesario para saborearlos, cosa que ya de por si se echa en falta en este tipo de trabajos y que aquí se nota un punto más, debido al cierto cansancio que fomenta esa reiteración de declaraciones más o menos similares. En ese sentido, da la sensación de querer dar espacio a todas las citas interesantes obtenidas en las muchísima entrevistas realizadas, y eso siempre juega en contra. Aun con todo, no se puede negar que es un repaso ciertamente exhaustivo por el origen, actores principales y estado actual del synthwave, recogiendo el hartazgo con el panorama musical que les ha tocado vivir y que les ha hecho reapropiarse del pasado, así como su rechazo a la industria musical tradicional y el sentimiento de comunidad que les une. Es en todo esto que radica su mayor interés.

Además, “The Rise of the Synths” tienes sus ases en la manga, como su variado trabajo de diseño gráfico y un creativo uso de la fotografía, que saca partido de una estética visual de fondos de geometrías sintéticas al estilo del film “Tron”, tonos lilas degradados, neones rosas y omnipresentes skylines urbanos nocturnos, así como diferentes momentos de ficción más voluntariosos que conseguidos pero que despiertan nuestra empatía. Aunque el mayor hit que guarda es la presencia del maestro John Carpenter, mito del cine y de la música, considerado uno de los principales “culpables” de que haya toda una generación de músicos creando desde la nostalgia por tiempos que no vivieron.


DIA 04

Afrontamos nuestro penúltimo día de festival con muchas ganas, pues hoy tenemos a priori una potente doble sesión que atender. Empezamos en la sala Aribau4, con tres cuartos de sala llena, por “PJ Harvey: A Dog Called Money”, un coproducción británico-irlandesa dirigida por Seamus Murphy que recoge el testimonio visual del proceso creativo del álbum de PJ Harvey “The Hope Six Demolition Project” (2016). Eso significa acompañarla en sus merodeos por Afganistán y Kosovo, también por los guetos de Washington DC, para finalizar en el sótano del londinense centro artístico Somerset House, en donde el público asistente pudo ver, en directo y tras un vidrio de visión unilateral, cómo la artista británica y su banda grababan el disco.



A medio camino entre el reportaje periodístico y el making of discográfico, Harvey visita zonas especialmente castigadas por la violencia, la desigualdad social y la guerra, ofreciéndonos un diario de viaje en forma de voz en off. En el, más preocupada por su experiencia y, con ella, extraer el máximo de provecho a su sensibilidad artística, siempre con el disco en mente, acaba por ofrecer un recorrido más emocional que geográfico que, por lo general, no sólo no plantea ninguna reflexión relevante, sino que muchas bordea la línea roja que separa el interés filantrópico de la ingenua -y no por ello menos perniciosa- obscenidad occidental post-colonial. Por supuesto, la actitud de PJ Harvey nunca es malintencionada y siempre despacha gran empatía por los encuentros y situaciones vividas. Tampoco podemos decir que su periplo sea punible ni poco habitual desde un punto de vista de los procesos habituales de la creación artística. El problema aquí radica principalmente en el concepto del documental en sí mismo, la percepción primigenia de alguien a quien le pareció buena idea filmar todo esto y convertirlo en un documental a mayor gloria de una artista y su disco, colonizando unos espacios donde reina el conflicto y la pobreza para utilizarlos con un fin mucho más marquetiniano que reflexivo o  humanista.

Por supuesto, las realidades mostradas, aunque sesgadas por la poca profundidad de la mirada, no dejan de tener su interés, aunque a estas alturas existan serias dudas de si era necesario verlas para saber que efectivamente están ahí y existen (ahora, ayer y mañana). Por eso, tratando de apuntar algo positivo que se sume al placer auditivo que es siempre escuchar la voz y música de la excelente artista que es PJ Harvey, dejamos constancia de un anhelo: que al menos sirva para que quien escuche este disco (y ojalá que cualquier otro) recuerde que las realidades que lo ha inspirado siguen ahí y que, para cambiarse, necesitan de los occidentales mucho más que un simple álbum, por bueno que sea.



Después del sabor agridulce de la anterior proyección llega otro de los platos fuertes del presente In-Edit, nada menos que la nueva obra de Julien Temple de título “Ibiza - The Silent Movie”, un evento en sí mismo que, como no podía ser de otra forma, es recibido en la majestuosa Sala Aribau5 con un lleno hasta la bandera. Y es que este célebre director, a quien In-Edit ya dedicó una retrospectiva hace unos pocos años, vuelve a la ciudad condal con una propuesta bastante diferente a las que acostumbre, una viaje de ácido por la historia geopolítica y cultural de la isla más loca del imaginario europeo.

Sin ninguna intervención a cámara, casi sin diálogos, sin mucho orden ni concierto, el film es un mosaico de imágenes de archivo, carteles explicativos, lisérgicas dramatizaciones históricas y retales de películas y animación. Todo ello mezclando tiempos históricos y narrativos, al ritmo de los temas de la más variopinta idiosincrasia ibicenca (Pet Shop Boys, Primal Scream, ‘balearic beat’, ... ). Prepárate pues para escuchar el house de Joe Smooth en pleno desembarco fenicio; ver a la diosa cartaginesa Tanit luciendo en carteles de negocios locales; o tropas romanas arrasando con todo vestigio previo mientras atisban la llegada de vuelos ‘low cost’. Todo cabe aquí, también la agresiva invasión de la costa por parte de mafiosos promotores hoteleros, bacanales romanas de ayer y hoy en megaclubs como Pachá, Ushuaïa o Amnesia, o la crisis del agua por sobrexplotación turística en una zona famosa por el sistema de regadío creada en su tiempo por el imperio musulmán. El dadísmo de Raoul Hausmann, el negocio turístico que vislumbró el dictador, el imperio de la familia Matutes...

En definitiva, una obra inesperada y que probablemente nadie pedía, lo que la hace aún más libremente gamberra e incalificable, aunque mucho menos épica y bailable de lo que prometía. Una propuesta que puede entusiasmar tanto como aburrir, dependiendo del estado de ánimo -y las sustancias- con las que se afronte.


DIA 05

Llega el último día de festival y con él una de las proyecciones que más nos apetecían ver. De hecho, al llegar a la sala Aribau3 nos llena de felicidad ver que allí no cabe literalmente un alfiler, llegando al punto de que decidimos ver la proyección sentados contra la pared, al final del pasillo central. Llamadnos románticos, pero nos parece una manera más que apropiada para disfrutar de “Si me borrara el viento lo que yo canto", la emocionante historia del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio y de su disco clandestino de 1963 “Canciones de la resistencia española”, que se convirtió en un símbolo antifascista no solo en España, sino también en Escandinavia, Latinoamérica y Alemania del Este.



Este documental dirigido por David Trueba, sobrio y efectivo en su sencillez, editado con buen pulso y un respeto exquisito por lo retratado, recorre pues la fascinante historia de la creación y repercusión del disco, desde los inicios de Ferlosio como librepensador y artista hasta su última etapa, en la que ya gozaba del estatus de icono dentro de la canción política. También, como no, de los prolegómenos de aquel verano del 63, en el que dos estudiantes suecos viajaron hasta Madrid con un magnetófono adosado a los bajos del coche, con la misión de grabar algunas de sus canciones.

Lo hace mediante excelentes anécdotas y recuerdos indelebles a una España en un grisáceo blanco y negro, descubriendo a la persona tras aquellos “himnos” que muchos erróneamente tenían por canciones de la Guerra Civil; no lo sabían entonces, pero habían sido escritos por el hijo díscolo del escritor Rafael Sánchez Mazas, fundador de Falange española y coautor del “Cara al sol”, entre otras “lindezas”. Se superponen pues los recuerdos de su ex-esposa, la traductora y productora Ana Guardione; el periodista Máximo Pradera -sobrino del cantautor-; o el poeta Jesús Munárriz -amigo y compañero musical en los años universitarios-, dibujando la personalidad “ocurrente, chispeante e imprevisible” de aquel joven con un historial abundante en expulsiones de colegios y denuncias por blasfemia. Alguien que se significó en el movimiento universitario antifranquista, pasando del comunismo a posturas ácratas, y componiendo a la postre un buen puñado de piezas consideradas canciones populares; según el, probablemente “el mejor elogio que se le puede hacer a un artista”.



Aun saboreando el disfrute -con alguna que otra lágrima incluida- de la anterior proyección, sin duda nuestra favorita del festival junto con John Lennon And Yoko Ono (que ahora pensamos que debería haber invertido el orden de los nombres en su título), nos adentramos ahora en la sala Aribau1 para despedirnos de esta edición del festival con “Suzi Q", dirigido por el australiano Liam Firmager. Retrato al uso de la legendaria e incombustible Suzi Quatro: bajista, cantante, actriz y poeta de Detroit que desde el Londres de la era glam contribuyó a redefinir el rol de la mujer en el rock&roll, inspirando a toda una generación de artistas femeninas.

En exceso centrado en la parte más personal de la artista, y en alabar su otrora más que merecida y reconocida importancia dentro de la historia de la música, repite hasta la saciedad la idea del asombro que ocasionaba ver tanta ambición, fuerza y talento en un cuerpo tan enjuto. No en vano, embutida en su icónico traje de cuero y con un bajo que pesaba tanto como ella, Suzi Quatro instauró la figura de un tipo de frontwoman tan “dura” como sus compañeros masculinos. Así fue como, al mando del grupo del que fue cantante e instrumentista, cabalgó a lomos de éxitos como “Can the Can” o “Devil Gate Drive”, sobresaliendo en la ola glam de los años 70 e inspirando a una generación entera de rockeras que siguieron sus pasos. Siendo esto último detonante de una de las cosas más destacables del documental, pues la lustrosa lista de testimonios incluye a Joan Jett (su hija espiritual), Cherie Currie y Lita Ford (ex compañeras de Jett en The Runaways), Debbie Harry (Blondie), Tina Weymouth (Talking Heads) y Donita Sparks (L7), además de otras apariciones también de lujo como Alice Cooper o varios miembros de Slade y Sweet.

Salpicado de poemas suyos, el filme es también un autorretrato en primera persona que reflexiona acerca de la fama, la ambición y la resiliencia. Algo que no es nuevo y que hace de este documental una obra que interesará sobre todo quienes ya estén interesados en su figura. A ello contribuye también el hecho de que el documental no descuida retratar las otras muchas facetas, tales como actriz, escritora y autora de musicales, de una artista que a los seis años ya supo lo que haría el resto de sus días. Y ahí sigue.

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