Este festival llega a su fin, y qué mejor que celebrarlo con una buena y extensa dosis de cine. Cuatro películas nos disponemos a ver hoy, pertenecientes a Indonesia, Corea del Sur e India. Buena combinación para una despedida muy completa.
Empezamos a las cuatro en punto en el Aribau Club, donde nos espera la proyección de The Dreamer. Su nombre lo dice todo: dos jóvenes amigos luchan contra todo tipo de dificultades en la Indonesia de los 80 por conseguir su sueño, estudiar en la Sorbonne de París. Basada en los libros de Andrea Hirata, seguimos la trayectoria de estos chicos desde su tierna juventud hasta la edad adulta, contemplando como a pesar de las mil vicisitudes en las que se encuentran, nunca pierden la fé y el ánimo por conseguir aquello que anhelan.
Realizada con mucho oficio por el ya habitual del festival Riri Riza, su pulso consigue que este pseudo biopic mantenga el ritmo y, pese a algún episodio algo lánguido en interés, logre conformar una cinta muy completa, de envidiable factura técnica y que se hace con la empatía del espectador, quien conecta con los personajes gracias a su humildad demostrada en multitud de situaciones a la vez tan complicadas como simpáticas.
Nos trasladamos raudos al cine Rex para ver ahora Rough Cut. Surcoreana de 2008, esta película viene avalada por una frase que a todos llama la atención, "dirigida por el protegido de Kim Ki-duk". Entramos con la idea de ver algo similar a la cinematografía de su mentor, y en cambio nos encontramos con una cinta desacomplejada, cómica y muy efectiva, que cuenta cómo una estrella del cine de acción se queda sin potenciales compañeros de reparto a raíz de las lesiones que los anteriores han tenido al rodar con él, hasta que decide ofrecerle el papel a un yakuza que acaba de conocer. Tras negarse inicialmente, éste aceptará, pero imponiendo tan sólo una condición: ninguna de las peleas podrá ser fingida, todos los golpes dolerán de verdad. Sin alternativa, el actor aceptará, y es ahí cuando se iniciará una grotesca relación entre ambos que desembocará en la espeluznante batalla final, cuya instantánea ilustra estas líneas, rodada con absoluta exquisitez plástica y bellamente coreografiada, erigiéndose en uno de los momentos de referencia de toda la cinta. De gran éxito comercial en su país de origen, nos damos cuenta de que estamos ante una producción muy exportable, cuya química funciona, y de la que no nos extrañaría tener noticia de algún remake americano en próximas fechas.
Toca turno de volver a recorrer la Gran Vía de vuelta al Aribau Club, dentro del Asian Selection se proyecta el nuevo trabajo de Dev Benegal, director de English, August (1994) y Split Wide Open (2002). Su nueva producción es Road, Movie, y a un servidor ya le crea buenas sensaciones tan sólo con el título, siendo fan acérrimo de las películas de carretera. Parte de una historia sencilla, en la que Vishnu se presta a conducir el camión de su padre, un viejo armatoste armado con un proyector de cine, para llevarlo al otro lado del país a venderlo. A partir de aquí todo serán imprevistos, como no podía ser de otra forma, y nuevos personajes que se unirán al periplo de nuestro protagonista, cuya personalidad distante no gustará al principio pero irá abriéndose progresivamente, en buena parte por culpa de la extrema belleza de la gitana que recogerán por el camino.
Una vez más, y esto tiene que significar algo, técnicamente es una producción impecable y, aunque la historia no es demasiado compleja, no adolece tampoco de ello, haciendo al público partícipe de su sencillez y emotividad, hecho que le valió muy buena respuesta en las votaciones finales.
Inmejorable sabor de boca nos dejaba la cinta india para volver con un viejo conocido por estos lares, el infalible Bong Jonh-ho y su Memories of Murder, triunfadora hace ya siete años en festivales de todo el mundo. Nos cuenta la persecución de un asesino en serie en la campiña surcoreana, investigación que llevan a cabo dos policias que se ven forzados a colaborar. Sus distintos métodos chocarán una y otra vez, dando pie a multitud de situaciones inverosímiles, de un humor muy negro y escabroso, y sin aparente trascendencia en su vida cotidiana.
La película, elevada a los altares por el público internacional, adolece en su primera mitad de un tal vez excesivo flirteo con la comedia absurda, dejando algo de lado su interesante trama, como también le pasaba en parte a las siguientes películas del director, The Host y Mother. Aún así, rebasado este momento se erige en un thriller modélico, marcado por una incesante tensión y por una sucesión de hechos y personajes que identificamos con la sociedad coreana de la época que describe, hace veinte años, y con la descontrolada situación política que caracterizaba al país en aquellos tiempos.