El origen del planeta de los simios
Rupert Wyatt 2011 USA
Interesante precuela, donde los simios se erigen en sorprendentes protagonistas por encima de unos humanos más bien sosos.
No es que sea un gran fan del film original de Franklin J. Schaffner (aunque creo que tiene uno de los mejores finales de la historia del celuloide, y una gran moraleja) ni de su saga posterior, pero tengo un problema con este tipo de films como “El origen…”: no puedo evitar cierto sentimiento de mercadotecnia, de cine-negocio (un negocio redondo), y lo peor, de profanación de un clásico. Lo sé, es un prejuicio, quizá poco digno de un cinéfilo. El cine, esta lleno de secuelas y remakes (vease vs. “Los siete samurais” “Los siete magníficos”) que a su vez son clásicos. E incluso, últimamente, de alguna precuela interesante. Este podría ser el caso de “El origen del planeta de los simios”, por más que a mi me cueste tanto comulgar con esa rueda de molino.
Lo cierto es que el film de Rupert Wyatt destaca sobre otros productos de este talle porque no está concebido únicamente como una actualización del tipo “mira como habría molado el clásico con los efectos especiales de hoy día”. Aunque es innegable su virtuoso apartado técnico, no lo es menos que la historia (la toma de conciencia de Cesar y de su posterior alzamiento junto con su ejército de congéneres simiescos) está cocinada a fuego lento, sin prisas por sacar la pirotecnia hasta el tramo final. Y eso se agradece.
Sin embargo, en mi opinión, el film comete un grave error: los simios eclipsan a los humanos. Sin decir (apenas) una palabra (es la única entrega de la saga en la que los simios aún no hablan), los primates ofrecen más matices emocionales (gracias en parte al golum Andy Serkis, el actor detrás de César, y a un fenomenal "e-motion" capture) que unos humanos desdibujados y planos, apartado donde James Franco y John Lithgow simplemente cumplen con unos papeles que dan poco para el lucimiento, y donde Freida Pinto ejerce de mera chica florero. Por ese sumidero se pierde gran parte del peso humanista que hubiese podido tener el film, al abordar con el piloto automático el consabido tema de la desmedida vanidad del ser humano. Aunque quizá hubiera sido mucho pedir para un film que, aunque muestra respeto (y varios guiños) al original, se acaba revelando como el blockbuster que es en esa escena final de la batalla en el Golden Gate que marca el inicio de un nuevo orden y deja el espacio suficiente para acomodar, a buen seguro, una post precuela antes de enlazr con el clásico.
Juanma Linares

