También la lluvia
Iciar Bollaín 2010 España
Bollaín se atreve con la Colonización y el cine dentro del cine, y sale realmente bien parada con este interesantísimo y poliédrico film
Con el telón de fondo de la llamada “Guerra del Agua”, que tuvo lugar en Bolivia en el año 2000, la premisa dramática del último film de Iciar Bollaín establece un claro paralelismo poco sutil entre el rodaje de una película sobre la colonización y los prejuicios de nuestro engreído primer mundo sobre los indígenas, en este caso los de la Cochabamba boliviana. Sin embargo, en mi opinión, el film llega al inevitable paralelismo entre la colonización y las reflexiones temáticas más epidérmicas del film (civilización vs. “salvajes”, subyugación de los indígenas al poder) bordeando con cierto estilo la obviedad (no por ello carente de potencial dramático) de la propuesta inicial. En este sentido, hay que destacar la decisión de no mostrar apenas el rodaje (no se ve ni una claqueta), salvando las complicaciones técnicas propias de los rodajes dentro de rodajes, y sobre todo diluyendo de un modo orgánico tema y trama. Como imagen simbólica de esta relación, ese helicóptero transportando una gran cruz sobre las cabezas de los indígenas, a modo de moderna evangelización.
Ya sea en un ensayo de actores, en un pase para el equipo, o simplemente durante el rodaje, al otorgar el mismo plano a las imágenes de la película ficticia y la real, la directora evita el posible distanciamiento respecto de la “ficción ficticia” y la indudable fuerza evocadora de ésta acaba cayendo sobre la historia “real”. Algunos dirán que de un modo demasiado obvio. En mi opinión, con una virulencia (acentuada en el ensayo de algún monólogo) que mueve a la reflexión e incluso a cierta incomodidad.
Con una fotografía que se mueve entre unos acertados tonos amarillentos y verdosos desaturados, el film avanza a buen ritmo, gestionando con acierto los paralelismos, más o menos obvios, entregando imágenes tan poderosas como la sublevación de los indígenas, ataviados como sus ancestros para el rodaje, ante el intento de detención de Daniel.
Pero entonces, en el último tercio, la linea argumental secundaria (la “guerra del agua”), las subtramas (sobre todo, la de Costa con Daniel y su familia) y las historias interiores se adueñan del film, y los temas se imponen a la trama. Las urgencias de la lucha se imponen al rodaje, pues como le dice Daniel a Sebastián, “hay cosas más importantes que tu película”, El film cambia de tercio (nunca mejor dicho), y el ritmo decae pero Bollain prefiere centrarse más en cómo afronta esa situación cada personaje, completando así un buen retrato de todos ellos: Sebastián y los dos monjes (convincentes Raúl Arévalo y ¿Carlos Santos? en sus dos niveles de interpretación), los artistas que pretenden comprometerse pero que se ven superados por su miedo y su egoísmo (¿habrá aquí alguna crítica velada?). Antón, el ácrata borrachín sin nada que perder que se compromete por impertinencia más que por conciencia, y por último Costa, el que más evoluciona, desde su postura de pretendida superioridad racial hasta un compromiso total con los indígenas. Y es aquí donde el slogan del film, “Muchos quieren cambiar el mundo. Pocos quieren cambiarse a sí mismos” toma mucho sentido.
Sin embargo, en mi opinión, esta evolución del personaje de Costa es demasiado drástica, y aunque establece ciertos vínculos con Daniel, me cuesta creer ese efusivo abrazo final, y da la sensación de que, tras rubricar un buen film, Bollaín aprieta demasiado la pluma, cargando en exceso las tintas emocionales en el último párrafo.
En cuanto a su posicionamiento respecto de la Guerra del Agua, la película mueve entre cierta equidistancia (magnífica la escena de la reunión diplomática), y la implicación emocional a favor de los indígenas, pero hay que agradecerle que no caiga en ningún momento en un fácil maniqueísmo.
En resumen, una gran película sostenida por un buen guión, poliédrico no solo en su trama de cine dentro del cine, sino sobre todo en sus visiones, en sus reflexiones y en su retrato de los personajes. Un film al que hay que reconocerle el mérito de traernos un problema real de hace once años (y que seguro muchos ni recordábamos) con el impacto de un informativo actual. Seguramente, porque estas cosas, lamentablemente, siguen sucediendo igual. Desde los tiempos de la Colonización.
Juanma Linares

