Muñeco Diabólico

Lars Klevberg 2019 EEUU

Un reboot en clave tecnófoba

La tecnofobia continúa apoderándose del fantástico, ya no solamente en obras originales si no también en nuevas adaptaciones de otras ya existentes. Elementos sobrenaturales como conjuros y posesiones le están haciendo hueco al que ya parece ser el principal miedo del siglo XXI: el temor a los avances tecnológicos. Antologías como "Black Mirror" están marcando unas pautas seguidas por varias guionistas a la hora de establecer el origen de sus antagonistas. Por ello, el rediseñado Chucky ni se acerca al clásico asesino en serie cuya alma resta atrapada en un muñeco. En su lugar, tenemos a un sistema domótico capaz de controlar todos los electrodomésticos de un hogar al mismo tiempo que establece un vínculo con la criatura de la casa.

De entrada, es de agradecer que no volvamos a ver exactamente lo mismo. Incluso que haya algunos detalles como mostrar la fábrica de muñecos, con trabajadores indios explotados, durante los primeros minutos. La base sí que sigue siendo la misma, pero el desarrollo y algunos personajes son alterados para llegar a un clímax distinto. El nuevo Chucky, al que en esta ocasión da vida un fantástico y divertido Mark Hamill, tiene otras metodologías y razona diferente respecto al asesino en serie culpable de siete entregas. Incluso cada una de sus ejecuciones es diferente a las ya vistas, aprovechando el argumento tecnológico de controlar dispositivos, aunque esto sea por cuestiones de derechos de adaptación en las que no merece la pena entrar.

Al igual que en otras producciones contemporáneas, como "It", se mantiene un equilibrio entre el terror y el humor. No solamente algunas muertes son divertidas, si no que hay momentos de puro humor negro propios de una sitcom ácida. De no ser por esto, estaríamos ante otro intento de asustarnos constantemente con un concepto que, tomado demasiado en serio, resulta ridículo. En otros remakes, como "Pesadilla en Elm Street", se cometió el error de suprimir todo chascarrillo olvidando que el humor es uno de los ingredientes clave del cine de terror. Así que, pese a cambio de imagen, figurada y literal, Chucky se vuelve a esforzar para sacarnos un par de sonrisas.

Además, hay pequeños elementos que ayudan a crear toda una pequeña mitología característica. Destaca la empresa responsable de la creación de los muñecos, ìes pese a estar completamente en segundo plano y ser bienintencionada, recuerda a las míticas corporaciones malvadas. O los personajes secundarios y el pequeño universo que cada uno tiene en su apartamento. Pero, sobre todo, su banda sonora y Mark Hamill cantando el recurrente tema infantil de los juguetes (coros incluidos) otorga un toque divertido e incluso melancólico al conjunto.

Si olvidamos que estamos ante la octava película del retorcido pelirrojo y nos disponemos a pasar un rato trivial durante hora y media, la nueva entrega de Chucky es disfrutable. Carece de ser algo más que un slasher de manual con asesino emblemático y muertes grotescas, pero es honesta y lo suficientemente breve como para no tratar de estúpida a la audiencia. Y para quienes echen en falta al muñeco original controlado por el sadístico asesino en serie, que no cunda el pánico: el próximo año "Chucky" llegará en formato serial, de nuevo bajo las órdenes de su creador original Don Mancini.

Iban Granero del Río